Eran constantes los gritos, los aullidos, las quejas ahogadas y era normal que las mismas fueran ignoradas por el personal (yo no lo incluía a
usted en eso).
La mujer vestida de violeta pasó fugazmente en silla de ruedas por la puerta aullando de terror, con un timbre de voz que sólo salía del
ácido, del más puro miedo que carcome las entrañas, que resquebraja el alma, que anula los sentidos. "¡Un meeeedicoooo! ¡Un Meeeedicooo!" y una expresión de pánico en los ojos que parecían vacíos, mirando a ningua parte, o a su interior donde estaba eso que la aterraba, que le había hecho perdén la poca razón que le quedaba.
Mientras tanto, el hombre alto, de ojos vivos verde amarillentos, perlilargo que vestía harapos permanecía parado frente a un grabador oprimiento distintos botones, poniendo y sacando el mismo y único antiguo cassette una y otra vez murmurando algo para sí mismo...
Y mientras tanto...
ESO se arrastraba, ESO me buscaba.Un abrazo desesperado en un entierro. La falsa promesa de una eterna compañía, las ausencias permanentes que oscilan entre la muerte y la absoluta indiferencia, el desinterés. Traiciones, llantos, abandonos. Los gritos del hospital por la tarde, gemidos ovinos, súplicas desoídas constantemente desde siempre y hasta siempre. Sollozos reemplazando frases angustiosas.
Y una vida basada en soledades.
Una puta vida basada en soledades.Y me desperté.
¿Y usted dónde estaba en ese momento? ¿Con su mujer en la cama? No me mire así, a todos nos pasa, pero no todos tenemos esa suerte. A todos nos encanta, pero hay vida alrededor, ¿sabe? Cálmese, deje de temblar así, déjeme terminar por lo menos.
Me desperté por el chirrido en el piso, en el aire, en las paredes, no sé, venía de todos lados... pero sabía quien era, o más bien
qué era. Y usted tenía que ayudarme, ¿se acuerda? Habíamos convenido en que si a uno le tocaba el otro iba a acudir al rescate inmediatamente. No, espere, no se justifique, no me importa que tan cómodo estaba (ni en qué sentido), le estoy explicando el por qué se su actual situación. Después del chirrido, como de un metal arrastrandose y rayando las cerámicas del piso, un chirrido de esos que dañan los dientes... no sé para qué se lo describo si usted ya lo conoce. Retomo, después de eso, fueron los golpes constantes en la puerta, y el agua por la endija de abajo... y el picaporte despacio,
despacio como la agonía se fue abriendo... y lo ví, y era tal cual lo había imaginado, porque sabía que me había estado buscando desde hacía meses, que me había estado buscando
A MÍ, ¡Y no a usted! ¿Sabe por qué? Si, ahora va entendiendo, me alegro... Supe que había recorrido cada pasillo, que se había ocultado en cada armario, y que no descansaría hasta encontrarme y cumplir su propósito... ¡y era todo tan sencillo para él! Y recién ahora veo cuán inútiles eran nuestros intentos de escaparnos, de atraparlo, de desenmascararlo.
Después de eso me llevó, y prefiero no adelantarle más... al fin y al cabo veo que entendió la mayor parte, si le cuento lo que sigue se arruinaría la sorpresa... No llore hombre, no llore, aunque hubiese querido no hubiese evitado que me llevara, agradezca que no es él hoy quien viene a buscarlo, sino que
soy yo. ¿No es más agradable la visita? Entonces, como yo, usted oyó el chirrido (no sabe lo difícil que es manejar este armazón,
supongo que la eternidad me va a acostumbrar), como yo, usted vio el agua por la endija de la puerta (no golpeé la puerta, no quería asustarlo tanto, y además me quería tomar el atrevimiento de entrar sin golpear) y finalmente como él me llevó a mi,
yo me lo llevo a usted. Calmese, ya va a ver qué gratificante que es poder llevarse a alguien también. No duele danto al final... ¿
listo?