lunes, 21 de diciembre de 2009

Té de Ruda

En un rincón atemporal en algún lugar colmado de humedades venenosas, de vapores angustiantes.
Volar. Correr, tomar velocidad, levantar vuelo y escapar. ¿Qué pasa adenrto mío? Mezcla de curiosidad con terror y ganas de no saberlo. Y siempre el mismo deseo insistente de escapar.

Aromas putrefactos, curvas y contracurvas. Durezas. Escapar, escapar, escapar, escapar.
En un recóndito sitio lleno de telarañas con la necesidad urgente y primordial de vaciarme. Vaciarme íntegra sin que quede el más mínimo rastro de vida en mí.

Pensamientos como vaivenes, como olas de un tsunami destruyendo ciudades enteras que solo pueden mirar estupefactas lo que sucede ante sus ojos, en sus interiores.

Pensamientos destructivos atenuados por recuerdos y un cuarto en la penumbra donde se guarda la más negra y pegajosa soledad.

Y opacidad, solamente opacidad. Como una opresión en el medio del pecho, como un pasillo estrecho que conduce a un solo lugar, y al recorrerlo sólo se pueden sentir las más hondas y desesperadas ganas de volver. De dar la vuelta y salir corriendo.

Como alguien enterrado vivo que araña los lados de su ataúd y desgarra su garganta con alaridos.

Como una herida que no sangra pero que sigue abierta en el medio del vientre. Y quema.

Y en medio de la opacidad, siempre la necesidad de escapar. De crearse un mundo paralelo donde sólo haya hedonismo, donde los faroles ardan eternamente sin consumirse nunca, sin que uno deba pararse a pensar. Sin que uno sienta las ganas de arrodillarse, hundir las manos en la tierra y llorar.

Delia

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