viernes, 23 de octubre de 2009

Boschi

Es de noche y no hay luz. El cielo se cae a pedazos y un par de zapatos de cuero ajados saltan desde un quinto piso en la Avenida Viena. Hay que mantener la calma, hay que pensar friamente. Es domingo y son las 23:30. Un vestido de fiesta se quiebra en un llanto desesperado bajo la lluvia de la Plaza San Martín. Hay que hacer las cosas despacio, no debemos despertar al monstruo.
La última vela está por la mitad y no hay miras de conciliar el sueño. Un ratón corre a través del cuarto y se esconde tras el ropero. El hombre canoso lo observa tranquilo y suda a la luz de la vela en la ventana. No hay que parar las manecillas, no hay que pasar de página antes de haberla terminado. El ratón lo mira asombrado y un par de anteojos gruesos se secan la lluvia y las lágrimas en algún lugar. El hombre canoso sale al balcón. El ratón lo mira desde adentro. Lo mira y no sabe si es lluvia lo que moja la cara del hombre o si es que está llorando. Un par de tijeras cortan un mechón de pelo rubio.
Por favor que deje de llover, ya no distingo las gotas de mis lágrimas, ya no soporto la estampida del agua en los ventanales, en las paredes, en los techos, ya las voces de la lluvia se hicieron más fuertes que mi propio pensamiento. La cabeza me va a explotar. Y un par de ojos escrutadores miran desde brazos lejanos como desde adentro de un pozo.
Por favor que vuelva la luz, que la última vela se está acabando y la oscuridad me oprime y angustia. No quiero quedarme a oscurás, no, porque el monstruo va a salir esta noche, ya escucho el crujir de las maderas, y si me quedo a oscuras seguro va a atraparme. Me saco las sandalias y me acerco a la bañadera. Tomo el secador.
Los cuadros se mueven, rompo la ventana y miro mis zapatos de cuero por última vez. Tengo vértigo.
Corro por la avenida y me adentro en la Plaza San Martín, me siento en un banco e impregno la falda de mi vestido violeta con cristales salados.
Los anteojos gruesos se limpian solos, y el hombre canoso ve la vela extinguirse adentro. Él sigue bajo la lluvia contando los rayos que parten el cielo en piezas de un rompecabezas pardo. El hombre ya no puede ver al ratón pero éste lo sigue mirando desde adentro.
Hay que actuar rápido, pero manteniendo la calma: la última vela se extinguió.

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