miércoles, 29 de julio de 2009

Butil Acetate. Kashmir

Tenías tanta felicidad que no te cabía toda adentro del cuerpo. Tenías el pecho hinchado de placer, la mente aturdida de paz y de la boca te sobresalía una sonrisa que parecía haber sido armada arificialmente luego de estirar los labios y coserlos con descuido a las orejas. Tenías tanta alegría rebalsando de tu cuerpo que trataste de alivianarlo dejando escapar un poco. Y fue cuando comenzó a filtrarse la angustia. Despacio, un sentimiento desconocido, una piedrita que molestaba en el zapato de tu perfección. Como de a gotas, lentamente el agua de lluvia se filtra en la tierra agrietada, ese vacío, esa puntada en el pecho se te adentraba. Nunca supiste cómo ni por qué.

Nunca pensaste que hubiera conciencia ni nada por el estilo, nunca trataste de parar los torbellinos que te llevaban. Te dejaste arrastrar, rompiste cuanto tuviste a tu alcance, tomaste de todas las copas, jugaste todos los juegos que te dijeron que nunca jugaras, clavaste tus tacos aguja en el barro, y no te importó. Nunca creiste en nada, porque sabías que creer podía causar una desilusión, y eso no estaba en tus planes. Y en el momento en que te descuidaste, que abriste la puerta porque derrochabas un placer asqueroso y enfermizo que te hacía repugnantemente feliz, que te satisfacía venenosamente, fue que empezaste -apenas- a entender lo que era tu vida, donde estabas, y sobre todo a dónde creías ir. Y fue como caerse de un precipicio en el medio de un sueño de algodones, como revolcarte en tu cama -Sola- doblandote de dolor ante la ausencia, con las uñas medio quebradas desgarrando las paredes, arrancandote los mechones, golpeandote las caderas con los puños. Entendiste el por qué. ¿Qué esperabas? ¿Que te vean como princesa siendo el sapo más desgraciado, con los ojos más saltones y llagas en los costados? ¿Querías creerte que en realidad brillabas? Fuiste siempre el borrachín que grita incoherencias desde el fondo de un bar de mala muerte, fuiste una puta gorda, calva y deforme que esperó cada noche que uno de sus clientes fuera su principe azul. ¿De verdad creíste que valías? ¿O fue que te decidiste a incursionar en la oscuridad para quedarte ahí? Porque no creo que supongas que ahora, por acercarte un paso más a lo que esa sociedad de mierda que en el fondo odiás considera correcto vayas a ser un poco más respetada. Podés gritar, podés exprimirte el cerebro en prosas que harían despertar a un enfermo terminal en coma (solamente para morir con más sufrimiento, con más angustia por todo lo que va a dejar, por todo lo que va a perder, por sentirse identificado con VOS), pero aún así a nadie, ni el último preso de la celda más sucia sentiría por vos más que miedo, asco, desprecio. Nunca vas a servir ni de mal ejemplo, porque te falta lo necesario para soportar todo el peso de la noche. Mediocre.

Aunque después insististe en reanudar tu alegría tratando de rellenar las grietas de angustia con algo parecido a la autocompasión - la negación-, no pudiste, y fuiste penetrando en el mundo subterráneo de verdad, queriendo escaparte, dudando de todo lo que habías hecho para llegar hasta ahí, pero sin poder abandonar el lugar porque en el fondo, como un tumor en los intestinos, tenías la imperiosa necesidad de adentrarte, querías que te quebraran hasta el último vestigio de inocencia manchada para por lo menos pertecer a los que no les queda nada. Y por cada paso que dabas, por cada esquina que doblabas más sentías esa dualidad, por un lado el saber que todos creían que estabas perfectamente a gusto ahí, por el otro el llanto anudado en la epiglotis. Y se hizo de noche. Y ya no sentías felicidad en todo el cuerpo. No confiabas en nadie, y te habías olvidado de cómo cuidarte a vos misma. Pero no podías escaparte, no podés escaparte ya. Y al fin y al cabo no querés. Porque estás feliz, hediondamente alegre de haber hecho todo lo prohibido, de haberte reido de lo que los otros se horrorizaban.

Pero cuando estés sola a la noche y tu cama esté fria y vacía, lo único que vas a sentir va a ser terror, el más hondo y oscuro terror. Y la completa desesperación, las ganas de llorar a gritos y destrozarte la cabeza contra la pared, de desgarrarte toda la piel, de deformarte hasta la mirada para sentarte al lado de la puta (va a ser ella quien te consuele a vos), en el prostíbulo más deprimente, a esperar vos también al principe azul, que no va a llegar aunque lo esperes esta y todas las otras vidas de mierda que puedas vivir.

Y de ahora en más, a partir de ese día en que dejaste que la realidad corroiga tus huesos, te va a quedar siempre la duda en el fondo de los pensamientos, la piedrita en el zapato, ya no vas a volver a derrochar felicidad, porque vas a dudar toda la vida de cada cumplido que alguien te haga, y nunca vas a entender qué fue lo que te pasó.

viernes, 17 de julio de 2009

I'm the one who's behind

Hace mucho que no subo, y la verdad es porque hace mucho que no termino nada de lo que empiezo a escribir. Por eso acá dejo, aunque no es mi costumbre, un párrafo del escritor argentino más angustiante, el único que me hizo llorar de pena por sus personajes. El que nunca se avergonzó de relatar las bajezas de la "vida puerca" de tantos, el que en cuarenta y dos años pudo convertir sus altibajos y frustraciones en paisajes literarios que rasguñan la conciencia pero se hacen adictivos, quien supo dejar una cicatriz en la literatura argentina que tantos años después, por suerte, sigue supurando.
Les dejo un fragmento de Los Lanzallamas del ÚNICO e inigualable Roberto Arlt.

-Estoy perdido -piensa Erdosain-. Es mejor que me mate. Que le haga ese favor a mi alma.
-Estarás enterrado y no querrás estar adentro del cajón. Tu cuerpo no va a querer estar.
Erdosain mira de reojo el ángulo de su cuarto. Sin embargo es imposible escaparse de la tierra. Y no hay ningún trampolín para tirarse de cabeza al infinito. Darse, entonces. ¿Pero darse a quién? ¿A alguien que bese y acaricie el cabello que brota de la mísera carne? ¡Oh, no! ¿Y entonces? ¿A Dios? Pero si Dios vale menos que el último hombre que yace destrozado sobre un mármol blanco de una morgue.
-A Dios habría que torturarlo -piensa Erdosain- ¿Darse humildemente a quién?
Mueve la cabeza. -Darse al fuego. Dejarse quemar vivo. Ir a la montaña. Tomar el alma triste de las ciudades. Matarse. Cuidar primorosamente alguna bestia enferma. Llorar. Es el gran salto, pero ¿cómo darlo? ¿en qué dirección? Y es que he perdido el alma. ¿Se habrá roto el único hilo?... Y sin embargo, yo necesito amar a alguien, darme forzosamente a alguien.
-Estarás enterrado y no querrás estar dentro del cajón. Tu cuerpo no querrá estar.
Erdosain se pone de pie. Una sospecha nace en él:
-Estoy muerto y quiero vivir. Ésa es la verdad.

Lean Los Lanzallamas y angustiense profundamente. Buenas noches.