jueves, 7 de mayo de 2009

G.

Me miré al espejo por última vez antes de salir y me vi con un brillo en los ojos, con una sonrisa nerviosa y las manos temblorosas; una mentira blanca tatuada en la frente y ganas de verte en todo el cuerpo.
Viajé cuarenta minutos por cuadras interminables, por lugares comunes que se redescubrían, por plazas que eran campos, por edificios que eran mazorcas, por calles que se ensanchaban al mirar a un lado y a otro. Y sabiendo siempre que del otro lado estabas vos.
Y después caminé pesadamente con un calambre en el estómago y un nudo en la garganta tratando de distraerme y no pensar en lo que iba a encontrar al final del camino. Y después te vi. Y el resto se resume a tu sonrisa, a tus abrazos, a tus miradas cómplices, a tus labios sobre mi frente, a tu pelo reposando en mi hombro, a mi cara sobre tu pecho, a tu voz en mi oído. El resto sos vos y las calles quilmeñas que hoy tienen un solo significado; sos vos y el paredón de una casa sobre Alsina, sos vos y un banco en Rivadavia, sos vos y todos los negocios cerrados, y una estatua viviente, y malvaviscos, y canciones.
Y aunque hubiese sido la ultima vez, sé que sos vos. Ahora , que sos vos.

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