jueves, 29 de enero de 2009

Duchamp, Duchamp... Infinitamente gracias


Incluso el cielo tormentoso parece limpio
ni el olor a riachuelo mancha los sentidos.
Duchamp, Duc
hamp, gracias por haber existido.

Esta ciudad es de pronto tan hermosa
endulzada por tantos acentos que se rozan
Duchamp, Duchamp, la hiciste parte de tu obra.

Mis pies se niegan a seguir recorriendo
es todo demasiado perfecto
Duchamp, Ducham
p, ¿por qué no un café en el centro?

Mendoza, Caminito, la esquina, el bar.
café con crema, medialunas, un piano, los cuadros mirar.
Y a mi izquierda, Duchamp.

Mi nombre inmortalizado en su espalda
Sonrisas extranjeras, tango
s y ruedas de bicicletas.
Duchamp, Duchamp, esculturas que fueron guirnaldas.

En la majestuosa inmensidad con aroma a muerto,
hoy los barcos llegaban con vos al puerto.
Duchamp, con el viento.

Palas, mingitorios, desnudos en escaleras
erotismo plasmado tras el holograma de una puerta.
Y Duchamp, por supuesto, las
agarraderas.

Y vivirás si aunque un día, ni un barco llegue al puerto,
y escandalizarás, aunque todos los bandoneones hayan muerto
Gracias, Duchamp, por ser no perecedero.


domingo, 25 de enero de 2009

Sirena Encadenada

Ahí. Era una Sirena Encadenada. Ahí arriba, era un pentagrama con clave de fa. Algo completamente prohibido, casi inalcanzable (CASI). Astro luminoso entre el humo, diapasón enfurecido.
La novena maravilla alada, promotor de incendios forestales.
Su situación era una cadena perpetua con libertad condicional... su temperamento el de un Hamlet desprejuiciado. Y yo era Ofelia.
Prohibido, codiciado, tentador. Era una sirena encadenada.
Prohibido, semi inaccesible, un ascenso al Parnaso.
Prohibido, prohibido, prohibido.
Feliz de estar al margen de la ley. Feliz de ser anarquía.
Prohibido.

Tanto él como yo, cada uno por sus motivos, eramos candidatos a la Autopista al Infierno, por desición propia, por morboso placer de hacer siempre lo incorrecto.

viernes, 16 de enero de 2009

Solos en el Hospital

Eran constantes los gritos, los aullidos, las quejas ahogadas y era normal que las mismas fueran ignoradas por el personal (yo no lo incluía a usted en eso).
La mujer vestida de violeta pasó fugazmente en silla de ruedas por la puerta aullando de terror, con un timbre de voz que sólo salía del ácido, del más puro miedo que carcome las entrañas, que resquebraja el alma, que anula los sentidos. "¡Un meeeedicoooo! ¡Un Meeeedicooo!" y una expresión de pánico en los ojos que parecían vacíos, mirando a ningua parte, o a su interior donde estaba eso que la aterraba, que le había hecho perdén la poca razón que le quedaba.
Mientras tanto, el hombre alto, de ojos vivos verde amarillentos, perlilargo que vestía harapos permanecía parado frente a un grabador oprimiento distintos botones, poniendo y sacando el mismo y único antiguo cassette una y otra vez murmurando algo para sí mismo...

Y mientras tanto... ESO se arrastraba, ESO me buscaba.

Un abrazo desesperado en un entierro. La falsa promesa de una eterna compañía, las ausencias permanentes que oscilan entre la muerte y la absoluta indiferencia, el desinterés. Traiciones, llantos, abandonos. Los gritos del hospital por la tarde, gemidos ovinos, súplicas desoídas constantemente desde siempre y hasta siempre. Sollozos reemplazando frases angustiosas.
Y una vida basada en soledades.
Una puta vida basada en soledades.
Y me desperté.
¿Y usted dónde estaba en ese momento? ¿Con su mujer en la cama? No me mire así, a todos nos pasa, pero no todos tenemos esa suerte. A todos nos encanta, pero hay vida alrededor, ¿sabe? Cálmese, deje de temblar así, déjeme terminar por lo menos.

Me desperté por el chirrido en el piso, en el aire, en las paredes, no sé, venía de todos lados... pero sabía quien era, o más bien qué era. Y usted tenía que ayudarme, ¿se acuerda? Habíamos convenido en que si a uno le tocaba el otro iba a acudir al rescate inmediatamente. No, espere, no se justifique, no me importa que tan cómodo estaba (ni en qué sentido), le estoy explicando el por qué se su actual situación. Después del chirrido, como de un metal arrastrandose y rayando las cerámicas del piso, un chirrido de esos que dañan los dientes... no sé para qué se lo describo si usted ya lo conoce. Retomo, después de eso, fueron los golpes constantes en la puerta, y el agua por la endija de abajo... y el picaporte despacio, despacio como la agonía se fue abriendo... y lo ví, y era tal cual lo había imaginado, porque sabía que me había estado buscando desde hacía meses, que me había estado buscando A MÍ, ¡Y no a usted! ¿Sabe por qué? Si, ahora va entendiendo, me alegro... Supe que había recorrido cada pasillo, que se había ocultado en cada armario, y que no descansaría hasta encontrarme y cumplir su propósito... ¡y era todo tan sencillo para él! Y recién ahora veo cuán inútiles eran nuestros intentos de escaparnos, de atraparlo, de desenmascararlo.
Después de eso me llevó, y prefiero no adelantarle más... al fin y al cabo veo que entendió la mayor parte, si le cuento lo que sigue se arruinaría la sorpresa... No llore hombre, no llore, aunque hubiese querido no hubiese evitado que me llevara, agradezca que no es él hoy quien viene a buscarlo, sino que soy yo. ¿No es más agradable la visita? Entonces, como yo, usted oyó el chirrido (no sabe lo difícil que es manejar este armazón, supongo que la eternidad me va a acostumbrar), como yo, usted vio el agua por la endija de la puerta (no golpeé la puerta, no quería asustarlo tanto, y además me quería tomar el atrevimiento de entrar sin golpear) y finalmente como él me llevó a mi, yo me lo llevo a usted. Calmese, ya va a ver qué gratificante que es poder llevarse a alguien también. No duele danto al final... ¿listo?

viernes, 2 de enero de 2009

Óleos Cobaltos

Venía caminando cual ola vespertina
le brillaban los ojos y blanco y verde vestía.
Porque sí la boca de placer le sonreía
y cada pupila de cristales cobaltos un manojo traía.

Sorprendióla con su carcajada de asfalto
asegurando que el ser de la acera
no le impedía parar a verla de cerca.
¡Mirarte de frente, habiendo tantos óleos cobaltos!

Las luces de la calle derretíanse en hilos plata
desgarrando cada destello en alumbrar tu mirada cobalta
por destacar con cautela tu sonrisa ajazminada,
¡cuántas veces hubiera vuelto al jardín de flores no perfumadas!