martes, 16 de diciembre de 2008

Café con Magnolias

Lo invité a tomar café con Magnolias
con la más frívola calma me contestó con toboganes,
soplando impaciente amaneceres por cada historia
lo que vi de su sombra fueron juglares.

¡Estamos prohibidos! Le grito al unicornio
él hoy mira con gruesos lentes algo toscos.
Nos persiguen los hombres de rojo
y con sandías en los ojos nos mira Gregorio.

El capitán toma con su garfio un habano
y hablando de nubes pardas lo posa en mis labios.
Tragando humo rosa le pregunto a donde vamos,
"¡ruiseñores, acordeones, autopistas!", grita el sabio.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Estamos Prohibidos


En la espaciosa claustrofobia de un cuardo pentagónico todo era encierro infinito, tal vez por eso sentía ganas de llorar, el estómago revuelto y una presión en el pecho como de angustia, como de mal presagio, como de expectativa.
No ves el paraguas bordó? No te escondas, no sirve.
Si caminás otra vez por los matorrales cortando cardos con los pies te vas a dar cuenta.
No era tu ruido, no es mi silencio.
Es nuestra osadía, es nuestra insolensia.
Estamos prohibidos.
Yo sigo callada, mientras que vos ya no tenés motivos para hacerlo.
No salgas todavía, que hay peligro.
No ves los paraguas verdes?
No ves los zapatos de gamuza?
No escuchás las sirenas de los bomberos que queman libros?
No los veas, no los escuches,
vas mucho mas allá de eso.
No te calles, no salgas.


Estás prohibido.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

No porque no sea de día, este cielo va a dejar de ser guía, no porque no haya Luna va a dejar de haber luz. Para llenar este cielo se necita más de una estrella, para bordear los valles, para encontrar las ostras, para retener la luz, se necesita saber cómo.
No porque no estés voy a dejarme morir tan fácil. No porque tema encontrarme a mi misma voy a dejar de ser, no porque las utopías se claven bajo las uñas voy a dejar de soñar.
Tu perfume y el carbón alteran mi equilibrio, y no son sólo tus tobillos los que siguen blancos, sino que mis sentidos perciben lo que no quiero aceptar: el carbón de tus pies que la sal de tus pantorrillas no blanquea. Huelo cómo me mentías, Dioniso, y recuerdo cómo te amaba Narciso, mientras seguís siendo la fuerza gravitatoria. Y el dolor de la presión se siente tan bien, que no quiero renunciar, que no quiero enderezarme, que acepto con gusto la condena de quebrarme hasta tocar el piso con la boca, con tal de sentir el roce, y ser dichosa de tener contacto.
Tus manos siguen siendo amaneceres, que acarician otros horizontes, y los versos, como siempre, eternamente obsoletos, que no llegan a tus oídos de parafina, que se topan con el botón de nácar de tu cuello y caen, y se parten, y se deforman, y arman una oda a los valles con ostras escondidas.