sábado, 4 de octubre de 2008

Sentado sobre una mazorca multicolor

Entré al baño donde Leo se convulsionaba delante de la pileta mientras escupía sangra a montones, a chorros, a cataratas.
Ella estaba en el cuarto contiguo, sentada en la cama riéndose pavorosamente, sádicamente, desgarradoramente, azucaradamente. El cíclope de margarina leía novelas quijotezcas sentado sobre una mazorca multicolor, ignorando la escena, haciendo oídos sordos a la risa de cuchillos chocando, no haciendo caso de la tos ronca de Leo, no haciendo caso tampoco de mis súplicas, no formando parte de nuestra misma realidad.
Entré al baño donde Leo agonizaba sin decir una palabra, ahogándose con su sangre, y escupiendo trozos de algodón violeta, temblando, sosteniendose a penas, como podía de los bordes de la pileta, con las manos teñidas de carmín, con los ojos sellados de terror. Me acerqué a él con miedo, con impaciencia y con un poco de morbosa curiosidad; lo vi indefenso, lo vi quebrado. Lo vi muriendo. Intenté tocar su espalda para sostenerlo y evitar su caída y, traspasándolo, mi mano chocó con los azulejos verde rojizos de la pared. Mis pies, que esperaban rozar las suyos acabaron tocando los azulejos rojo verdosos también, y Leo seguía temblando. Monté la motocicleta de cartulina y fui al cuarto contiguo, donde la risa lo llenaba todo; todo menos la atención del cíclope. Traté de hanlarle a ella, pero de mi garganta salían cerezas, traté de tocarla, pero lo único que conseguí fue tantear las sábanas arenosas. Repentinamente, estrepitosamente, asombrosamente con toda naturalidad, de su boca comenzaron a salir corcheas que abrazaban una por una un pentagrama de hilos de cobre. Ella se puso de pie, trepó y salió volando parada en los cinco hilos, riendo sin parar, llorando sin sentir.
Escuche un ruido seco, un golpe estruendosamente susurrado. Y silencio, y ni un quejido, y ni un suspiro. Volví al baño donde Leo yacía en el suelo. Leo ya no sangraba, ni se convulsionaba, ni temblaba, ni escupía algodón color uva. Leo tenía los labios celestes y la cabeza partida al medio.
Volví al cuarto y miré al cíclope, que levantó la vista del libro, mirandome fijo con su único ojo, soltó una lágrima, y lo cerró, al tiempo que se desvanecía quedando de él sólo el libro apoyado sobre la mazorca multicolor.

1 comentario:

psicodelic poet dijo...

La locura es poder ver mas alla..

Mi querida..

es una flor en mi cuello...el saber que ha vuelto a derramar tinta sobre el papel, literatura sobre sus manos, belleza en la cancion..

Sinceramente...dia a dia me esta dejando sin palabras ya...no solo su literatura...su cariño...su compañia, su musica, la que canta su alma, esa misma..

muchas gracias por tanto mi cielo cubierto de rubies..


i want you...ii want you so bad...


hasta luego!!

besos ..

ciao!