lunes, 1 de septiembre de 2008

Violetas

Anoche volví a acariciarte... volví a sentirte cerca, y las ilusiones que al despertar se rompieron, como ya es costumbre me llevaron a imaginar, cómo sería si todavía siguieras acá.
Ayer fui a verte y estabas cubierta de violetas. Increíble como suena, ahí estabas, con un manto alilado cubriéndote de pies a cabeza... Corriendo como siempre, mirándome con toda tu picardía, casi riéndote de haberme vuelto a engañar. No podía explicar de dónde habían salido tantas violetas, pero instantáneamente razoné -ay si, te juro que lo razoné, la irracionabilidad también es razonable en cierto punto donde los límites se mezclan, espero no hayas llegado a eso.- Bueno, si, razoné que era perfectamente normal que las violetas cayeran del cielo y te cubrieran, y cubrieran el piso, y mis pies, y taparan a las demás flores haciéndolas parecer molinos de papel sin decorar. Era perfectamente normal y razonable que te encontraras ahí, ¿por qué no? Al fin y al cabo es tu casa también. Perdón pero a veces me olvido, es que una ausencia tan prolongada te hace olvidar ciertas cosas (no, no me creas, no es así), tendría que darte vergüenza haberte ausentado tanto tiempo. Es mucho tiempo aunque no parezca, pero claro, claro, la eternidad no calcula el tiempo, me olvidaba.
A medida que mas razonaba la situación más violetas aparecían, y me di cuenta que vos las hacías caer, la muerte puede volver rebelde a lo más inerte. ¡Las hacías caer, mujer! ¿Por qué? De a poco las violetas iban llenando el espacio, la lluvia alilada se hacía más y más espesa, y se me hacía difícil verte... ver. Pero te seguías burlando con tu mirada desafiante, la misma que hace imposible que me enoje con vos, te estabas burlando de que no pueda verte, ¿Te parece gracioso? Hace casi 3 meses, a mí no me causa gracia. Como sea las violetas seguían cayendo, vaya a saber de dónde. Nubes no había, y que yo sepa no crecen en árboles, que yo sepa no caen del cielo, hasta donde yo sabía no tenías tanto poder, pero quizás era la influencia plena, total y absoluta que tenías sobre mi, que afectaba ahora mis capacidades mentales ¡Y podía ver las violetas!
De a una, de a dos, de a tres, de a mil, ya no las podía contar, porque llenaban el suelo, imposible dar un paso sin pisar una violeta, y hasta me daba pena hacerlo, solamente por saber que eran obra tuya, sería como pisarte a vos, y me daba tanta pena como miedo, por eso es que decidí quedarme quieta viéndote correr decorada de vida, decorada; dije bien, solamente decorada. Pero yo me reía también. Había olvidado todo lo que me hiciste llorar, todo lo que tu ausencia provocó, había olvidado cuán enojada estaba con vos para disfrutar el sólo hecho de verte feliz. Feliz, corriendo, saltando, disfrutando del sol, que tanto te gustaba, estirando las piernas (¿Es muy incómodo estar en un espacio de un metro cuadrado, no?), te gustaba mirarme viéndote, porque sabías que estaba enamorada de tu gracia, sabías que siempre envidié tu perfección, que siempre te amé por sobre todas las cosas, por sobre todas las personas, que siempre te defendí hasta del viento que intentaba despeinarte, que siempre antepuse tu vida a la mía, hasta que un día algo decidió que mi vida no valía nada, que era mejor dejármela un rato mas. Y las violetas caían. Ya casi no podía verte, pero como la ausencia me tiene acostumbrada, no intenté hacer nada para impedir perderte de vista. El aroma de las violetas empezaba a marearme, y ya no te veía, había tantas, tantas, tantas violetas que ya lo irracionalmente razonable se volvió irracional, había tantas, tantas tantas violetas, que de golpe se volvieron flores lilas que caían del jacarandá, y tu gracia, tu sonrisa picara, tu andar, y tu magia se volvieron nada mas que una tumba decorada de vida. Si, dije bien, solamente decorada.

FERDINANDA

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