miércoles, 17 de septiembre de 2008

Cartas en Domingo


Ella nunca escribía cartas en domingo, será, tal vez, porque todos los domingos, sin excepción, estaba triste. Los domingos la deprimían, los domingos eran la muerte, y por eso decidía no escribir. Porque también, entre otras cosas, sabía que escribir cartas en domingo era malo para los lunes y para el resto de la semana, pero especialmente para los lunes. Todos los domingos veía la lluvia, aunque el Sol le clavara en los ojos puñales de primavera, la lluvia gris de una mañana, la lluvia helada de una eterna espera, y el gris de esa lluvia que estaba sólo adentro de sus ojos no la dejaba ver más que una distorsión de su segunda realidad: los Domingos. Odiaba profundamente esos días, porque en esos días sus ojos, todos sus ojos se cegaban. Sólo ese día, anulaba sus sentidos, y dejaba de ver. Hacía años que le pasaba eso, pero no sabía exactamente hacía cuanto, ni cuando empezó. Era rutinario: los domingos no podía hacer nada. Si lograba levantarse, tropezando avanzaba unos pasos, a otro lugar de su habitación. De nada le serviría prender su equipo de música porque los domingos tampoco podía oír, así que ese día se reducía a caminar a tientas por su habitación tratando de reconocer lugares comunes que no podía ver ni oír pero que podía sentir.

No podía escribir los domingos porque no tenía ninguna razón para no escribir, (a parte de su ceguera) o quizás porque a quien podría (si pudiera) escribirle prefería hablarle, o no, quizás hablar tampoco fuera lo indicado, y se preguntaba por qué no era muda también los domingos, pero para su desgracia podía hablar, tanto los domingos como los demás día, lo que no podía era controlar sus palabras y a veces hablaba por demás, otras por de menos, y cuando decía algo concreto era muy tarde. Tal vez no era muda porque tenía algo para decir pero no se atrevía.

Tal vez no escribía también porque a quienes sí les escribiría ya no estaban, y sabía que no volverían, y no estaba interesada, o mas bien estaba cansada de escribir sobre ausencias, entonces, si no hay mas que ausencias para escribir, si hay solo grises para ver, si las voces deseadas ya no se escuchaban, si no había un solo pensamiento rescatable, ni nada más por decir; entonces mejor cegarse, mejor sofocar y anular los sentidos.

Un día común, ese día, casi imaginario, tan irreal como imposible, fue diferente porque ella no entendió que estaba siendo guiada por su propio deseo de normalizar su existencia. Salió de su casa envuelta en pensamientos que suponían nada más que un día normal. Salió a la calle pensando en sus amigas, en la pizza con cerveza que a la noche se juntarían, como era costumbre, a comer, en a dónde irían a bailar esa vez e infinidad de planes que tuvieron que posponerse cuando abrió su cartera y comprobó que su celular no tenía batería. Apuró el paso para cumplir con la rutina de trámites, deudas, compras lo antes posible y volver a su casa a concretar los planes pospuestos. Se encontró transitando las calles vacías de una ciudad desierta, de una ciudad que decidió no abrir sus puertas ese día, de una ciudad en la cual la gente prefirió no transitar. Parecía que todos hubiesen trasnochado menos ella, que sin fijarse en eso, continuó caminando a paso rápido envuelta en sus pensamientos. El Sol brillaba, pero no quemaba, solamente iluminaba el paisaje y hacía que las cosas de belleza natural se vieran aún más hermosas. Una explosión primaveral abrió todas las flores ese día, perfumando el ambiente. Ella pensó que no podía ser más perfecto, o quizás en el fondo sabía que sólo de una forma podría serlo pero el efecto fantasioso del día, del Sol y de las flores la hizo no querer entrar en detalles.

En el transcurso de su caminata pasó por una plaza y vio una anciana sentada en uno de los bancos. Escribía, y parecía sentir placer al hacerlo. Las mil arrugas de su cara describían una profunda sabiduría, un entendimiento superior de la vida, un conocimiento extenso del todo que sólo se adquiere con la experiencia de los años, muchos años. Sin darse cuenta, había parado de caminar para observar a la anciana mujer y se había detenido a ver el cielo, a oler las flores, permitiéndose entrar en esa atmósfera silenciosa. La mujer miraba alrededor mientras escribía, como captando imágenes con la vista y volcándolas al papel, caminó hacia ella y se sentó a su lado, observándola. Recién luego de unos 5 minutos de silencio se animó a preguntarle qué escribía. La anciana le respondió, sin apartar la vista de algún lugar perdido en el horizonte que escribía una carta, que casi todos los días escribía una o varias que a veces no tenían un destinatario explícito pero que le gustaba contar lo que veía, lo que sentía y lo que vivía, no importaba su estado de ánimo, ella siempre se permitía volcar sus sentimientos en un papel. Su interlocutora la miraba atentamente con cada vez más curiosidad, y le contó: por primera vez, logró ver en ese desconocido el cofre donde guardar su secreto, su aflicción. Le contó que a ella también le gustaba escribir, sobre todo cartas a nadie, o a ausentes, y que solía escribir, casi siempre, excepto los domingos. Que esos días se reducían a nada, a grises, a ceguera, sordera y anosmia constante, que los domingos, aunque quisiera, no podría escribir, no podría vivir normalmente.

La anciana, con una ínfima sonrisa le contó, sin que se lo pregunte pero sin aburrir, cosas sobre su vida que a ella también le pasaban, le habló sobre las cosas que siempre creyó casualidades. Le habló casi como si la conociera de toda la vida, y por qué no de otras vidas anteriores, sobre cómo si se ocultan o se esquivan sentimientos bajo una máscara de aparente impunidad, se acostumbra a mirar siempre hacia fuera y no hacia adentro, enfermándose, y para que las cosas salgan bien debía estar bien, y que no debía esconder lo que sentía, que debía permitirse estar bien y mal, y luchar contra todo lo que se le oponga. Ella, sorprendida ante tanta sabiduría, con un torbellino de sensaciones nuevas, sintió unas inexplicables ganas de gritar que ella podía contra todo, pero el recuerdo de un domingo, y los recuerdos secundarios que eso implicaba, la hacían contenerse, y explicarle a la mujer que, aunque le daba la razón en su totalidad, no podía evitar lo que le pasaba los domingos, no podía evitar que esos días fueran nefastos, que no era voluntario, ni controlable. Pero también le confesó que había despertado en ella un hondo deseo de escribir una larguísima carta a nadie y a todo el mundo gritando que creía poder contra todo, y que ese mismo día, cuando llegara a su casa y luego de llamar a sus amigas para arreglar la salida de la noche lo haría. La anciana sonrió casi con picardía y asintió, diciéndole que se alegraba de que por fin haya decidido estabilizar su existencia. Ella no entendió, pero agradeció y, olvidando trámites y compras se fue a su casa. Cuando llegó tenía un mensaje en el contestador, el número era de una de sus amigas y, al escucharlo, oyó lo que, en el fondo de su alma quería oír:

“Hola, ¿Qué te pasó anoche que no viniste a comer pizza como siempre? Te llamamos al celular pero estaba apagado. Ya sé que hoy es Domingo y esos días no respondés, pero quería saber si estabas bien. Cuando puedas llamame.”


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