viernes, 26 de septiembre de 2008

Estas Calles Porteñas (que bello Buenos Aires)

Qué bello Buenos Aires
a tu oído susurro
corcheas desdibujo
en tus ojos y el puerto abre.

Subir a verlo inmortal
tan solemne el general.
Lo sagaz de tu risa,
caminar matinal. Brisa.

Hilos que nos atrapan
aureos se desvanecen
aromas naufragados preguntan,
calles adoquinadas responden.

Tu blues en mi sol
mi espalda de luto
manos de canción,
palabras de gorrión.

Buenos Aires tendió su mano
cual mesa en puerto aún reservada
tras nuestra caminata desapresurada
el paso de Granaderos fue llano.

Las calles porteñas se ensucian
se tiñen de gris, te apuran,
en un banco de Plaza parece, se quiebra,
pero la ninfa te espera,
la ninfa te espera.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Querido Jarvis,


Me bastó con asomarme desde su espalda, para ver detrás de sus anteojos gruesos proyectores de sueños bizarros de un barrio subterráneo cómo él espía realidades robadas transformándolas en angustiantes relatos que omiten toda regla, excepto la del eterno divague.
Es él. Un mesías de gente común, que inventa cuentos para no dormir, para asustar a la abuela hablando de una juventud perdida sin más anhelos que dar un paseo en un auto robado para luego consumir éxtasis y speed antes de entrar a una rave.
Es él, el príncipe de los fracasos magníficos que no se cansa de intentar subir a su faro, mientras sigue buscando vida.
Un exéntrico de una delgadez arrogante y una palidez lunar que se mueve con gracia y cinismo mientras se contorsiona carismáticamente. Una mirada pensativa y penetrante, una voz de ultratumba que narra al oído lo que nadie querría escuchar nunca. Un caballero noble que mira fijo y saca la lengua.
Es la expresión tunante, sus pasos agigantados y la forma de describir la habitación de alguna persona en algún lugar lo que hace que escucharlo sea tan embriagante.
Es la ironía que le corre por las venas y los movimientos bruscos de sus manos lo que hace que verlo sea tan atrapante.
Jarvis... Estimadísimo Jarvis Cocker, hoy es tu cumpleaños número 45. No hay prosa ni poesía que alcance para describirte y homenajearte. Hombre de negro que pintó tardes acrílicas en mis veranos, que borroneó mis mañanas de lunes con matices azulados, que me culpó de mi orgullo en pleno auge de la decadencia, y que me sentó en una mesa sencilla del Bar Italia para hablarme de miedos y días gloriosos.
Este individuo me enseñó a transcribir ironía en poesía, me legó la libertad de la noche y me apañó en lo que el mundo intenta cambiar por considerar defecto. Este hombre que con los años volvió a sus raíces y sigue usando sus lentes gruesos, que siguen proyectando los mismos sueños bizarros de alguna vez en Sheffield, es el mayor exponente de una generación que se olvidó del protocolo y la discreción a la hora de componer, a la hora de decir lo que hay que decir...
El, tan encantador como siniestro, tan simple como misterioso hoy puede sentirse de cuatro décadas y media, y por eso hoy aprovecho la oportunidad de rendirle un merecido homenaje, por ser quien cambió mi modo de escribir, de ver la vida, de escuchar música, y de... ser.

Muy Felices 45 Jarvis, gracias por tanta música, gracias por tanta poesía.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Cartas en Domingo


Ella nunca escribía cartas en domingo, será, tal vez, porque todos los domingos, sin excepción, estaba triste. Los domingos la deprimían, los domingos eran la muerte, y por eso decidía no escribir. Porque también, entre otras cosas, sabía que escribir cartas en domingo era malo para los lunes y para el resto de la semana, pero especialmente para los lunes. Todos los domingos veía la lluvia, aunque el Sol le clavara en los ojos puñales de primavera, la lluvia gris de una mañana, la lluvia helada de una eterna espera, y el gris de esa lluvia que estaba sólo adentro de sus ojos no la dejaba ver más que una distorsión de su segunda realidad: los Domingos. Odiaba profundamente esos días, porque en esos días sus ojos, todos sus ojos se cegaban. Sólo ese día, anulaba sus sentidos, y dejaba de ver. Hacía años que le pasaba eso, pero no sabía exactamente hacía cuanto, ni cuando empezó. Era rutinario: los domingos no podía hacer nada. Si lograba levantarse, tropezando avanzaba unos pasos, a otro lugar de su habitación. De nada le serviría prender su equipo de música porque los domingos tampoco podía oír, así que ese día se reducía a caminar a tientas por su habitación tratando de reconocer lugares comunes que no podía ver ni oír pero que podía sentir.

No podía escribir los domingos porque no tenía ninguna razón para no escribir, (a parte de su ceguera) o quizás porque a quien podría (si pudiera) escribirle prefería hablarle, o no, quizás hablar tampoco fuera lo indicado, y se preguntaba por qué no era muda también los domingos, pero para su desgracia podía hablar, tanto los domingos como los demás día, lo que no podía era controlar sus palabras y a veces hablaba por demás, otras por de menos, y cuando decía algo concreto era muy tarde. Tal vez no era muda porque tenía algo para decir pero no se atrevía.

Tal vez no escribía también porque a quienes sí les escribiría ya no estaban, y sabía que no volverían, y no estaba interesada, o mas bien estaba cansada de escribir sobre ausencias, entonces, si no hay mas que ausencias para escribir, si hay solo grises para ver, si las voces deseadas ya no se escuchaban, si no había un solo pensamiento rescatable, ni nada más por decir; entonces mejor cegarse, mejor sofocar y anular los sentidos.

Un día común, ese día, casi imaginario, tan irreal como imposible, fue diferente porque ella no entendió que estaba siendo guiada por su propio deseo de normalizar su existencia. Salió de su casa envuelta en pensamientos que suponían nada más que un día normal. Salió a la calle pensando en sus amigas, en la pizza con cerveza que a la noche se juntarían, como era costumbre, a comer, en a dónde irían a bailar esa vez e infinidad de planes que tuvieron que posponerse cuando abrió su cartera y comprobó que su celular no tenía batería. Apuró el paso para cumplir con la rutina de trámites, deudas, compras lo antes posible y volver a su casa a concretar los planes pospuestos. Se encontró transitando las calles vacías de una ciudad desierta, de una ciudad que decidió no abrir sus puertas ese día, de una ciudad en la cual la gente prefirió no transitar. Parecía que todos hubiesen trasnochado menos ella, que sin fijarse en eso, continuó caminando a paso rápido envuelta en sus pensamientos. El Sol brillaba, pero no quemaba, solamente iluminaba el paisaje y hacía que las cosas de belleza natural se vieran aún más hermosas. Una explosión primaveral abrió todas las flores ese día, perfumando el ambiente. Ella pensó que no podía ser más perfecto, o quizás en el fondo sabía que sólo de una forma podría serlo pero el efecto fantasioso del día, del Sol y de las flores la hizo no querer entrar en detalles.

En el transcurso de su caminata pasó por una plaza y vio una anciana sentada en uno de los bancos. Escribía, y parecía sentir placer al hacerlo. Las mil arrugas de su cara describían una profunda sabiduría, un entendimiento superior de la vida, un conocimiento extenso del todo que sólo se adquiere con la experiencia de los años, muchos años. Sin darse cuenta, había parado de caminar para observar a la anciana mujer y se había detenido a ver el cielo, a oler las flores, permitiéndose entrar en esa atmósfera silenciosa. La mujer miraba alrededor mientras escribía, como captando imágenes con la vista y volcándolas al papel, caminó hacia ella y se sentó a su lado, observándola. Recién luego de unos 5 minutos de silencio se animó a preguntarle qué escribía. La anciana le respondió, sin apartar la vista de algún lugar perdido en el horizonte que escribía una carta, que casi todos los días escribía una o varias que a veces no tenían un destinatario explícito pero que le gustaba contar lo que veía, lo que sentía y lo que vivía, no importaba su estado de ánimo, ella siempre se permitía volcar sus sentimientos en un papel. Su interlocutora la miraba atentamente con cada vez más curiosidad, y le contó: por primera vez, logró ver en ese desconocido el cofre donde guardar su secreto, su aflicción. Le contó que a ella también le gustaba escribir, sobre todo cartas a nadie, o a ausentes, y que solía escribir, casi siempre, excepto los domingos. Que esos días se reducían a nada, a grises, a ceguera, sordera y anosmia constante, que los domingos, aunque quisiera, no podría escribir, no podría vivir normalmente.

La anciana, con una ínfima sonrisa le contó, sin que se lo pregunte pero sin aburrir, cosas sobre su vida que a ella también le pasaban, le habló sobre las cosas que siempre creyó casualidades. Le habló casi como si la conociera de toda la vida, y por qué no de otras vidas anteriores, sobre cómo si se ocultan o se esquivan sentimientos bajo una máscara de aparente impunidad, se acostumbra a mirar siempre hacia fuera y no hacia adentro, enfermándose, y para que las cosas salgan bien debía estar bien, y que no debía esconder lo que sentía, que debía permitirse estar bien y mal, y luchar contra todo lo que se le oponga. Ella, sorprendida ante tanta sabiduría, con un torbellino de sensaciones nuevas, sintió unas inexplicables ganas de gritar que ella podía contra todo, pero el recuerdo de un domingo, y los recuerdos secundarios que eso implicaba, la hacían contenerse, y explicarle a la mujer que, aunque le daba la razón en su totalidad, no podía evitar lo que le pasaba los domingos, no podía evitar que esos días fueran nefastos, que no era voluntario, ni controlable. Pero también le confesó que había despertado en ella un hondo deseo de escribir una larguísima carta a nadie y a todo el mundo gritando que creía poder contra todo, y que ese mismo día, cuando llegara a su casa y luego de llamar a sus amigas para arreglar la salida de la noche lo haría. La anciana sonrió casi con picardía y asintió, diciéndole que se alegraba de que por fin haya decidido estabilizar su existencia. Ella no entendió, pero agradeció y, olvidando trámites y compras se fue a su casa. Cuando llegó tenía un mensaje en el contestador, el número era de una de sus amigas y, al escucharlo, oyó lo que, en el fondo de su alma quería oír:

“Hola, ¿Qué te pasó anoche que no viniste a comer pizza como siempre? Te llamamos al celular pero estaba apagado. Ya sé que hoy es Domingo y esos días no respondés, pero quería saber si estabas bien. Cuando puedas llamame.”


sábado, 13 de septiembre de 2008




Un año después de marchitarse todas las rosas... esperaría todavía encontrarte paseando por el jardín.
Un año después de ver las violetas caídas sobre el pasto, tuve que volver a agacharme hasta el suelo para estar más cerca tuyo, para sentir aunque sea que abajo de los escombros había parte de eso que alguna vez fue vida, que alguna vez me quiso, que ahora no es nada, que no está en ninguna parte y que ni siquiera se adorna... de algo.
Corrió por un campo de amapolas retando a las nubes de tormenta que amenazaban con fulminarla en medio de su carrera. Corrió creyendose inmortal, impune a todo por lo que peligramos. Sabiendo que alguien la cuidaba, sabiendo que nada podía pasarle si ella estaba ahí.
Pero nadie pudo cuidarla de la muerte.
Y siguio corriendo hasta casi llegar al otro lado.
Pero se soltó la tormenta eléctrica, y quién puede culparla por desear vivir?
Ahora ya pasó un año y ya no se ven las violetas, ya no adorno tu lecho con fresias amarillas que creo narcisos, ya no busco encontrarte en lugares comunes porque asumí que no estás, y entendí lo que significa NUNCA MÁS. Entendí que es inminente que el tiempo actue corrosivamente en nosotros, que ahora sos solamente una foto en mi escritorio y otra en mi mesa de luz, una carpeta en mi computadora, unas cuantas fotos reveladas hace mucho, una correa azul en desuso, y un cuento de alguien con una belleza tan perfecta que daba miedo, y que alguna vez existió pero que ya no, que ya no está mas.
Sin embargo no aprendí a no extrañarte, no aprendí a no llorar cada vez que me acuerdo de ese día de septiembre que dejaste de pestanear, que dejaste de alumbrar, que dejé de sentir.
Y me preguntan cuando vamos a ir a buscarte para traerte de vuelta, me preguntan por qué lloraba cuando te fuiste, me preguntan por qué dicen que estás en el cielo, me preguntan por qué te moriste, y me preguntan tantas cosas que no puedo ni quiero responder; y me pregunto yo, casi con terror, si, aunque no lo crea en absoluto, estarás en algún lado...

lunes, 1 de septiembre de 2008

Violetas

Anoche volví a acariciarte... volví a sentirte cerca, y las ilusiones que al despertar se rompieron, como ya es costumbre me llevaron a imaginar, cómo sería si todavía siguieras acá.
Ayer fui a verte y estabas cubierta de violetas. Increíble como suena, ahí estabas, con un manto alilado cubriéndote de pies a cabeza... Corriendo como siempre, mirándome con toda tu picardía, casi riéndote de haberme vuelto a engañar. No podía explicar de dónde habían salido tantas violetas, pero instantáneamente razoné -ay si, te juro que lo razoné, la irracionabilidad también es razonable en cierto punto donde los límites se mezclan, espero no hayas llegado a eso.- Bueno, si, razoné que era perfectamente normal que las violetas cayeran del cielo y te cubrieran, y cubrieran el piso, y mis pies, y taparan a las demás flores haciéndolas parecer molinos de papel sin decorar. Era perfectamente normal y razonable que te encontraras ahí, ¿por qué no? Al fin y al cabo es tu casa también. Perdón pero a veces me olvido, es que una ausencia tan prolongada te hace olvidar ciertas cosas (no, no me creas, no es así), tendría que darte vergüenza haberte ausentado tanto tiempo. Es mucho tiempo aunque no parezca, pero claro, claro, la eternidad no calcula el tiempo, me olvidaba.
A medida que mas razonaba la situación más violetas aparecían, y me di cuenta que vos las hacías caer, la muerte puede volver rebelde a lo más inerte. ¡Las hacías caer, mujer! ¿Por qué? De a poco las violetas iban llenando el espacio, la lluvia alilada se hacía más y más espesa, y se me hacía difícil verte... ver. Pero te seguías burlando con tu mirada desafiante, la misma que hace imposible que me enoje con vos, te estabas burlando de que no pueda verte, ¿Te parece gracioso? Hace casi 3 meses, a mí no me causa gracia. Como sea las violetas seguían cayendo, vaya a saber de dónde. Nubes no había, y que yo sepa no crecen en árboles, que yo sepa no caen del cielo, hasta donde yo sabía no tenías tanto poder, pero quizás era la influencia plena, total y absoluta que tenías sobre mi, que afectaba ahora mis capacidades mentales ¡Y podía ver las violetas!
De a una, de a dos, de a tres, de a mil, ya no las podía contar, porque llenaban el suelo, imposible dar un paso sin pisar una violeta, y hasta me daba pena hacerlo, solamente por saber que eran obra tuya, sería como pisarte a vos, y me daba tanta pena como miedo, por eso es que decidí quedarme quieta viéndote correr decorada de vida, decorada; dije bien, solamente decorada. Pero yo me reía también. Había olvidado todo lo que me hiciste llorar, todo lo que tu ausencia provocó, había olvidado cuán enojada estaba con vos para disfrutar el sólo hecho de verte feliz. Feliz, corriendo, saltando, disfrutando del sol, que tanto te gustaba, estirando las piernas (¿Es muy incómodo estar en un espacio de un metro cuadrado, no?), te gustaba mirarme viéndote, porque sabías que estaba enamorada de tu gracia, sabías que siempre envidié tu perfección, que siempre te amé por sobre todas las cosas, por sobre todas las personas, que siempre te defendí hasta del viento que intentaba despeinarte, que siempre antepuse tu vida a la mía, hasta que un día algo decidió que mi vida no valía nada, que era mejor dejármela un rato mas. Y las violetas caían. Ya casi no podía verte, pero como la ausencia me tiene acostumbrada, no intenté hacer nada para impedir perderte de vista. El aroma de las violetas empezaba a marearme, y ya no te veía, había tantas, tantas, tantas violetas que ya lo irracionalmente razonable se volvió irracional, había tantas, tantas tantas violetas, que de golpe se volvieron flores lilas que caían del jacarandá, y tu gracia, tu sonrisa picara, tu andar, y tu magia se volvieron nada mas que una tumba decorada de vida. Si, dije bien, solamente decorada.

FERDINANDA