miércoles, 20 de agosto de 2008

Plaza San Martín




Había viento, se me voló la bufanda. Me agaché a levantarla y seguí caminando. Tenía que llegar al otro lado de la plaza a las seis. Apuré el paso, no quería volver a llegar tarde porque sabía que ella se enojaría otra vez.
La avenida Mitre era más larga de lo que pensaba, y la Plaza San Martín, ubicada a unas diez cuadras de donde yo había partido, el bar de siempre (el bar de cafés por la tarde, el que guarda en las páginas de su historia las batallas de un conquistador, entre vinos y cognac con amigos, el bar que unifica todas las épocas, si, el Bar San Martín) parecía estar del otro lado del mundo.
Agitado, con la bufanda enredada y la nariz roja por el viento y el frío, llegué. La plaza ocupaba tres manzanas, con todos sus robles, sus ceibos y sus plátanos, con sus bancos, sus senderos, sus carruajes, granaderos marchando a paso firme y sus violetas en los canteros centrales más un pequeño lago artificial en un costado en cuya orilla dormía un narciso, que se vanagloriaba con su reflejo en el agua.
Y la estatua.
En el centro de la plaza, alta, firme, solemne la estatua del General Don José de San Martín. Eran casi las seis, y todavía me faltaba cruzar media plaza, pero la estatua del General merecía unos instantes de respeto. Tan perfecto se lo veía en su caballo, juraría que las medallas que colgaban de su uniforme brillaban como si no fuesen de yeso.
¿Qué sentiría San Martín si se viera a sí mismo en una estatua? ¿Cómo sería poder decir “soy yo, el grande, el que liberó a tantos países americanos”? Tantos recuerdos, tantas batallas, pareciera que podía sentir la nariz fría y colorada por la nieve de la Cordillera. Los pulmones fallan y queda tanto por andar. Ella me espera, tengo que apurarme o se va a enojar conmigo. Siempre dice que no paso bastante tiempo con ella.
Tengo que apurarme, pero sigo inmóvil mirando hacia abajo, viendo a aquel hombre de sobretodo y bufanda gris que me mira. Me mira porque soy el Libertador, me mira y Lugo sigue caminando para cruzar al otro lado intentando apurar el paso. Yo debo apurarme, ella me espera, Remedios sigue esperando.

FERDINANDA

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