sábado, 23 de agosto de 2008

El último Deseo

Era una noche fría de invierno, la lluvia caía con una furia similar a millones de balas que se disparan sin cesar. Dentro de esa casa de altas paredes y frías habitaciones iluminadas por candelabros que dejaban casi ocultos en las penumbras a retratos, muebles y adornos de fina estampa; ahí dentro, sobre su cómoda y extensa cama estaba él. Sentado, con las lujosas sabanas de seda hasta su cintura; con su pipa prendida y despidiendo el humo que pasaba por delante de sus anteojos antes de esfumarse sobre su cabeza. Estaba leyendo su libro favorito, estaba leyendo el libro que lo hacía sentirse niño otra vez, estaba leyendo “Alicia en el País de las Maravillas”. Mientras leía, de repente sintió sedientas ganas de escuchar algo de música, lo que lo llevó a levantarse de su cama…o mejor dicho, bajarse…colocarse las pantuflas y caminar hacia los límites de la débil luz. Buscó en uno de sus muebles el disco que deseaba escuchar. Lo encontró y lo colocó en el añejo tocadiscos. “Vinos, mujeres y canto” comenzó a sonar. Strauss lentamente fue ocupando toda la casa, cada rincón; se hacía eco en la oscuridad y las penumbras. Que hermosa melodía para acompañar, irónica y cruelmente, a la soledad. Que hermosa melodía para bailar con las sombras de una habitación vacía. Regresó a su lecho, a su comodidad y al placer de su pipa. Sus ojos recorrían las palabras del libro; la historia lo hacía adentrarse en su alma, movía sus sensaciones; la música de fondo -¡Strauss! ¡Oh Strauss! - elevaba sus pasiones al infinito, hacía derramar emoción de sus dedos, sus manos, su cuerpo. Lentamente, dejándose llevar por la melodía que cazaban sus oídos y por la fantasía que devoraban sus ojos, comenzó a entrar en una especie de transe. Sobre sus piernas, allí, sobre su cama y sus sábanas, los personajes de aquel cuento; Alicia, el conejo blanco, el sombrero, el gato, todos ellos danzaban al compás del vals. Lo miraron, él sin entender pero sin querer hacerlo, respondió con un gesto de reverencia. Estos alegres personajes estaban ahora bailando todos en su habitación; de las sombras aparecían las cartas formadas en hilera, el huevo sentado al borde de su cama ¡Que hermosos espectáculo! Contagiado de tanta euforia y alegría se levantó para participar, para ser uno más, para poder palpar su propia fantasía; la pasión al límite, los sentimientos hechos un torbellino, la emoción a punto de estallar, todo dentro suyo. Dio un salto de su cama para caer en el centro de su habitación. Pero… pero la canción llegó a su fin… todos desaparecieron. Y el vacío. Corrió desesperado a darle comienzo nuevamente a Strauss. “¡Toquen de nuevo! ¡Toquen de nuevo!” gritaba desesperado mientras sus manos temblorosas intentaban colocar la púa en su lugar. La perfecta melodía, el embriagante sonido de los instrumentos comenzó de nuevo… pero la habitación continuaba solitaria. La desolación. Sus rodillas hicieron un estruendo similar al de un trueno cuando chocaron contra el suelo, su resignación y tristeza hicieron aún más lúgubre al lugar. Ni las sombras, ni el mismo silencio podían soportar tan desdichado momento. Repentinamente, una luz incandescente iluminó el lugar. Levantó su cabeza y vio que provenía del ventanal ubicado detrás del respaldo de su cama. Al otro lado, la lluvia se convertía en cristal, en cristales que colgaban de lujosas y hermosas arañas de techo. Se puso de pie para acercarse a observar. Cuando colocó su cara contra el vidrio, sus ojos vieron el espectáculo que jamás imaginaron podían siquiera imaginar. Allí, al otro lado del ventanal, la gran fiesta continuaba. Todos los personajes, todos ellos, que un instante antes del presente, danzaron en su habitación, todo ellos, volvían a danzar al ritmo del vals; todos ellos vestidos de gala, maquillados de alegría, enfermos de euforia. Volvió a mirar hacia abajo, para notar que se encontraba ahora sobre la alfombra multicolor. Sobre la alfombra donde la fiesta desplegaba su esplendor. Comenzó a caminar hacia el centro de la pista con todas las miradas sobre él. Los aplausos lo aturdían, aturdían al invitado de honor. Alicia se acercó para compartir la pieza, para tener el placer de darle placer. Pero el tiempo pasaba y el placer se tornó agobiante, la pieza, infinita. La fiesta, interminable… la desazón. “¡¿Acaso nadie se cansa?!” gritó, pero nadie lo escuchó, todos seguían festejando como si recién se diera comienzo a la gala. Pasaron las horas y seguían allí. Sus pies no resistían ni un segundo más de baile, quería detenerse, pero siempre algún personaje se lo impedía, lo llevaba al centro de la pista a continuar con la danza. Su rostro había perdido la marca de la alegría, la fiesta se convirtió así en una tortura. ¡Ya es demasiado! ¡Oh por favor! Se arrodilló, sus piernas muertas de cansancio, sus oídos aturdidos de fervor, sus ojos embriagados de brillo. No pudo hacer nada más que cubrirse la cara con las manos y echarse a llorar. Quería que todo eso acabe. Levantó la cabeza y su mirada encontró el ventanal, y al otro lado su habitación, donde quería regresar. Se acercó caminando sobre sus rodillas con las pocas fuerzas que le quedaban para soportar. Se asomó al vidrio, apoyó su rostro en el frío cristal y… ¡Oh! ¡Oh que horrible imagen presenciaron sus ojos! ¡La desesperación, las lágrimas, el sudor! ¡¿Qué está pasando?! Dentro de su habitación, al otro lado del ventanal, estaba él. Justo en el centro, tambaleándose al ritmo de Strauss que aún sonaba, aún con el libro abierto, aún con la pipa encendida; aún tambaleándose sobre el suelo con una soga en su cuello.


Autor: El Marquez

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