viernes, 29 de agosto de 2008

Si fuera así cotidianamente por el resto de mi vida, sería igual de hermoso que en ese instante; sin embargo vuelve a ser todo tan como siempre, sin embargo, no puedo.
No puedo, y lo hago.

El que construye castillos etílicos

Camina sobre nubes plomizas que destacan su gracia, y bajo pastos multicolores que iluminan su psicodelia. Camina pensando que no es nadie, camina ignorando su porvenir de tambores aterciopelados y curvas peligrosas. Camina y se conforma con una ninfa como musa, y ella, ilusa, supone poder ser algo más, supone poder alcanzarlo.
Él respira algodón de margarina y sopla purpurina al hablar. Y camina avasallando selvas a su paso, iluminando sombras con cada palabra, sin siquiera sospechar su grandeza. Y la estúpida ninfa lo sigue de atrás, para mostrar su más espléndida sonrisa en caso de que él se de vuelta a contemplarla.
Pasos, aromas, vapores, llanto.
Pasos, sonrisas, puñales, llanto.
Pasos, vaivenes, puertas, murallas.
Otra vez llanto. Y más pasos, y más puertas, y juglares.

Cadenas, hilos y cordones sujetan el corazón de la ninfa, que oscila entre seguir ninfa o volverse ménade. Entre Dioniso y Apolo está él. Y la ninfa lo sigue despacio por la arena, con su corazón colgando del cuello y con un clavo tatuado en el tobillo.
Él derribaba imperios que encontraba desde su doble catalejo, con una sonrisa tunante y los ojos de un águila errante.
Y espera el momento de proclamarse rey, sobre un trono de hojas primaverales y una corona de uvas.
Cuando se cansó de caminar, y quiso saber qué había conseguido; tuvo al mundo a sus pies para hablarle acerca de su millón y medio de virtudes, pero él sólo quiso sentarse a hablar con la ninfa, que seguía sus pasos de estalacmita y lo escuchaba sin interrumpirolo con alabanzas, recordandole, paradojicamente, su único defecto: el saber olvidar.

sábado, 23 de agosto de 2008

Licor de Menta

Y mientras esperaba calmarse, acostada en su cama, sintió la inesperada y desesperada necesidad de fumar. Enroscada en sus sábanas, con poca ropa, como esperando lo que no llegaría, sentía como todo daba vueltas, esa mezcla calamitosa del calor, la música fuerte, el cansancio y el ventilador que le producía una sensación de náuseas, de vértigo, de humedad y de oler a mar; si, sentía ese olor propio del puerto por la mañana temprano cuando los pescadores llegan a vender a la gente lo que durante la madrugada recolectaron. Olor a casi vida marina.

Con dificultad se enderezó, se puso de pie, temblándole los tobillos y caminó trastabillando hasta la repisa de donde extrajo muy cuidadosamente (no vaya a ser que su patético estado le haga romper cosas), una botella casi intacta de licor de menta; sacó un vaso de los altos del mismo lugar y lo llenó. Casi le daba pena ver cómo la botella perdía contenido, pero la pena moría reemplazada por el placer de sentir ese frío, ese aire helado (como de mar por la noche) bajándole por la garganta. Era mágico, era oler otra vez el puerto, los pescadores, escuchar el sonido del agua; y algo moviéndose lentamente, avanzando, arrastrándose mar afuera.

Dejó el vaso sobre la repisa de nuevo, la botella del fino licor irlandés seguía ahí, medio vacía, medio llena, cerrada pero medio destapada. Pensando sin saber qué hora era que faltaba poco para que él llegara, volvió a la cama, se tapó hasta la cintura y buscó en el cajón de su mesa de luz el paquete intacto de habanos cubanos que una vez un amigo le había regalado; sacó uno del envoltorio: olía a tierra, no a mar, lo encendió y comenzó a fumarlo lentamente, disfrutando de cada bocanada de aire con humo que exhalaba. Fumaba despacio pero con impaciencia, esperando, siempre esperándolo. Le pareció escuchar el ruido de las olas otra vez y, mucho más real, el sonido de la espuma y de gotas cayendo de a poco, de a una, constantemente. Levantó la vista revisando el techo en busca de una gotera hasta hallarla. Una delgada línea de agua caía desde arriba como una minúscula estalactita en el medio de su cuarto, y la espuma en el charco que se formaba en el suelo: seguramente el mar estaba revuelto otra vez sobre su casa, seguramente Poseidón querría venir a visitarla. Pero ella lo esperaba solamente a Él. Secó el charco del suelo y colocó, a falta de otra cosa, el vaso largo con restos de licor de menta para que retuviera el agua que goteaba.

Sacó otro vaso de la repisa y lo llenó hasta la mitad, o menos, con el mismo licor que le causaba la fresca sensación marina en la garganta. Volvió a la cama y prendió, temblando, el segundo habano. Temblaba porque el desenlace era inminente, él estaba a punto de llegar.

Un lapso corto de tiempo transcurrió, el necesario para terminar su habano y comenzó a escuchar sus pasos en la escalera. Había llegado. Ella comenzó a imaginarlo subiendo, mientras oía su respiración, y la espuma que lo acompañaba. Cuando llegó al fin a su cuarto lo vio, tal como lo recordaba, en esa perfección marina la contemplaba, sus cinco hermosos ojos verdosos se fijaban solamente en ella, que lo esperaba enroscada entre las sábanas, mirándolo provocativamente, seduciéndolo. Él se acercó a ella, que comenzó a acariciar su suave, escamosa y brillante piel azulada con reflejos tornasol mientras dejaba que él desplegara todos sus tentáculos que la apresaban, la enroscaban, la apretaban. Ella había previsto ese inevitable desenlace y finalmente se rindió, entregándose a él, besando sus tres labios plateados, fríos y duros dejando que sus tentáculos la envolvieran, se adentraran en ella, se movieran lentamente, avanzando, arrastrándola mar adentro.

El último Deseo

Era una noche fría de invierno, la lluvia caía con una furia similar a millones de balas que se disparan sin cesar. Dentro de esa casa de altas paredes y frías habitaciones iluminadas por candelabros que dejaban casi ocultos en las penumbras a retratos, muebles y adornos de fina estampa; ahí dentro, sobre su cómoda y extensa cama estaba él. Sentado, con las lujosas sabanas de seda hasta su cintura; con su pipa prendida y despidiendo el humo que pasaba por delante de sus anteojos antes de esfumarse sobre su cabeza. Estaba leyendo su libro favorito, estaba leyendo el libro que lo hacía sentirse niño otra vez, estaba leyendo “Alicia en el País de las Maravillas”. Mientras leía, de repente sintió sedientas ganas de escuchar algo de música, lo que lo llevó a levantarse de su cama…o mejor dicho, bajarse…colocarse las pantuflas y caminar hacia los límites de la débil luz. Buscó en uno de sus muebles el disco que deseaba escuchar. Lo encontró y lo colocó en el añejo tocadiscos. “Vinos, mujeres y canto” comenzó a sonar. Strauss lentamente fue ocupando toda la casa, cada rincón; se hacía eco en la oscuridad y las penumbras. Que hermosa melodía para acompañar, irónica y cruelmente, a la soledad. Que hermosa melodía para bailar con las sombras de una habitación vacía. Regresó a su lecho, a su comodidad y al placer de su pipa. Sus ojos recorrían las palabras del libro; la historia lo hacía adentrarse en su alma, movía sus sensaciones; la música de fondo -¡Strauss! ¡Oh Strauss! - elevaba sus pasiones al infinito, hacía derramar emoción de sus dedos, sus manos, su cuerpo. Lentamente, dejándose llevar por la melodía que cazaban sus oídos y por la fantasía que devoraban sus ojos, comenzó a entrar en una especie de transe. Sobre sus piernas, allí, sobre su cama y sus sábanas, los personajes de aquel cuento; Alicia, el conejo blanco, el sombrero, el gato, todos ellos danzaban al compás del vals. Lo miraron, él sin entender pero sin querer hacerlo, respondió con un gesto de reverencia. Estos alegres personajes estaban ahora bailando todos en su habitación; de las sombras aparecían las cartas formadas en hilera, el huevo sentado al borde de su cama ¡Que hermosos espectáculo! Contagiado de tanta euforia y alegría se levantó para participar, para ser uno más, para poder palpar su propia fantasía; la pasión al límite, los sentimientos hechos un torbellino, la emoción a punto de estallar, todo dentro suyo. Dio un salto de su cama para caer en el centro de su habitación. Pero… pero la canción llegó a su fin… todos desaparecieron. Y el vacío. Corrió desesperado a darle comienzo nuevamente a Strauss. “¡Toquen de nuevo! ¡Toquen de nuevo!” gritaba desesperado mientras sus manos temblorosas intentaban colocar la púa en su lugar. La perfecta melodía, el embriagante sonido de los instrumentos comenzó de nuevo… pero la habitación continuaba solitaria. La desolación. Sus rodillas hicieron un estruendo similar al de un trueno cuando chocaron contra el suelo, su resignación y tristeza hicieron aún más lúgubre al lugar. Ni las sombras, ni el mismo silencio podían soportar tan desdichado momento. Repentinamente, una luz incandescente iluminó el lugar. Levantó su cabeza y vio que provenía del ventanal ubicado detrás del respaldo de su cama. Al otro lado, la lluvia se convertía en cristal, en cristales que colgaban de lujosas y hermosas arañas de techo. Se puso de pie para acercarse a observar. Cuando colocó su cara contra el vidrio, sus ojos vieron el espectáculo que jamás imaginaron podían siquiera imaginar. Allí, al otro lado del ventanal, la gran fiesta continuaba. Todos los personajes, todos ellos, que un instante antes del presente, danzaron en su habitación, todo ellos, volvían a danzar al ritmo del vals; todos ellos vestidos de gala, maquillados de alegría, enfermos de euforia. Volvió a mirar hacia abajo, para notar que se encontraba ahora sobre la alfombra multicolor. Sobre la alfombra donde la fiesta desplegaba su esplendor. Comenzó a caminar hacia el centro de la pista con todas las miradas sobre él. Los aplausos lo aturdían, aturdían al invitado de honor. Alicia se acercó para compartir la pieza, para tener el placer de darle placer. Pero el tiempo pasaba y el placer se tornó agobiante, la pieza, infinita. La fiesta, interminable… la desazón. “¡¿Acaso nadie se cansa?!” gritó, pero nadie lo escuchó, todos seguían festejando como si recién se diera comienzo a la gala. Pasaron las horas y seguían allí. Sus pies no resistían ni un segundo más de baile, quería detenerse, pero siempre algún personaje se lo impedía, lo llevaba al centro de la pista a continuar con la danza. Su rostro había perdido la marca de la alegría, la fiesta se convirtió así en una tortura. ¡Ya es demasiado! ¡Oh por favor! Se arrodilló, sus piernas muertas de cansancio, sus oídos aturdidos de fervor, sus ojos embriagados de brillo. No pudo hacer nada más que cubrirse la cara con las manos y echarse a llorar. Quería que todo eso acabe. Levantó la cabeza y su mirada encontró el ventanal, y al otro lado su habitación, donde quería regresar. Se acercó caminando sobre sus rodillas con las pocas fuerzas que le quedaban para soportar. Se asomó al vidrio, apoyó su rostro en el frío cristal y… ¡Oh! ¡Oh que horrible imagen presenciaron sus ojos! ¡La desesperación, las lágrimas, el sudor! ¡¿Qué está pasando?! Dentro de su habitación, al otro lado del ventanal, estaba él. Justo en el centro, tambaleándose al ritmo de Strauss que aún sonaba, aún con el libro abierto, aún con la pipa encendida; aún tambaleándose sobre el suelo con una soga en su cuello.


Autor: El Marquez

Carta a Ella

Se muy bien que la cosmogonia, no esta de acuerdo con que nuestas estrellas paseen juntas por el jardin de los astros. Tambien se muy bien que tu rayuela no tiene un cielo para mi. Se muy bien que cada vez que se pronuncia mi nombre tus duendes chillan de dolor y tus magnolias se paralizan en el viento.
El tiempo pasa y a veces siento que te tengo tan cerca como lejos, tan extraña como conocida. Te aprecio muchisimo sin siquiera saber tu nombre, y aun asi mis pasos no son tan veloces como los tuyos. Me lastima pensar qeu no te das cuenta lo mucho que te necesito, cada vez que camino mis pasos cantan tu nombre. Cada vez qeu grito mi garganta supura tus ojos. Cada vez que lloro mis lagrimas solo dicen tu nombre...tu nombre..Tu nombre...una y otra vez. Y vos seguis asi, jugando, saltando, riendo, ajena a mi desidia.Crees que con chupetines endulzas al gigante, pero solo lo haces un poco mas vicioso de aquel sabor que tienen tus besos, Tus abrazos en la lluvia...
Mis manos de nicotina, tus lienzos de tiza, tu piano de piernas, mi guitarra de versos. Me soplaste cientos de canciones al oido, aun cuando tus labios lejos estaban. Tu antigua camisa se desabrocho sola ante mis ojos, alguna noche en que las velas eran cortinas. Pero ya no...ya no estan se han ido. Junto a aquel aroma a tierra mojada...cuanto lo extraño...no te das una idea...


Autor: El Poeta Psicodélico, el que ve poesía en el asfalto, o más sencillamente, Fede.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Plaza San Martín




Había viento, se me voló la bufanda. Me agaché a levantarla y seguí caminando. Tenía que llegar al otro lado de la plaza a las seis. Apuré el paso, no quería volver a llegar tarde porque sabía que ella se enojaría otra vez.
La avenida Mitre era más larga de lo que pensaba, y la Plaza San Martín, ubicada a unas diez cuadras de donde yo había partido, el bar de siempre (el bar de cafés por la tarde, el que guarda en las páginas de su historia las batallas de un conquistador, entre vinos y cognac con amigos, el bar que unifica todas las épocas, si, el Bar San Martín) parecía estar del otro lado del mundo.
Agitado, con la bufanda enredada y la nariz roja por el viento y el frío, llegué. La plaza ocupaba tres manzanas, con todos sus robles, sus ceibos y sus plátanos, con sus bancos, sus senderos, sus carruajes, granaderos marchando a paso firme y sus violetas en los canteros centrales más un pequeño lago artificial en un costado en cuya orilla dormía un narciso, que se vanagloriaba con su reflejo en el agua.
Y la estatua.
En el centro de la plaza, alta, firme, solemne la estatua del General Don José de San Martín. Eran casi las seis, y todavía me faltaba cruzar media plaza, pero la estatua del General merecía unos instantes de respeto. Tan perfecto se lo veía en su caballo, juraría que las medallas que colgaban de su uniforme brillaban como si no fuesen de yeso.
¿Qué sentiría San Martín si se viera a sí mismo en una estatua? ¿Cómo sería poder decir “soy yo, el grande, el que liberó a tantos países americanos”? Tantos recuerdos, tantas batallas, pareciera que podía sentir la nariz fría y colorada por la nieve de la Cordillera. Los pulmones fallan y queda tanto por andar. Ella me espera, tengo que apurarme o se va a enojar conmigo. Siempre dice que no paso bastante tiempo con ella.
Tengo que apurarme, pero sigo inmóvil mirando hacia abajo, viendo a aquel hombre de sobretodo y bufanda gris que me mira. Me mira porque soy el Libertador, me mira y Lugo sigue caminando para cruzar al otro lado intentando apurar el paso. Yo debo apurarme, ella me espera, Remedios sigue esperando.

FERDINANDA

martes, 12 de agosto de 2008

Noche de ópera

Sentose al borde del abismo
tratando de tomar una desición:
si saltar y aceptar los golpes del conformismo
o seguir sentado, tragando el veneno de la desilusión.

Sentose de nuevo en primera fila
para ser el primero al subir el telón
que vea una escenografía montada en mofina
de una obra con él como único actor.

sus manos anciosas de empezar los aplausos
ni bien terminara la función
quería saber si había alguien
que aunque fuese él mismo aplaudiera su acción.

Levantóse despacio dando la vuelta
de espaldas al escenario, a la actuación
caminó sin voltear buscando alguna puerta
para salir sin ver el final de su ilusión.

lunes, 11 de agosto de 2008

Un momento en cien mil eternidades

Otra vez la luna salio a contemplar,
para volver a verla inalcanzable,
salio a buscarla para preguntarle...
si alguna vez quisiera bajar...

Otra vez quiso hundirse en el mar...
otra vez, para probar el gusto de su sal,
otra vez, un dia dejo pasar...
para en la noche intentar andar...

La Luna jamas ha querido bajar...
la Luna sigue inmune, perfecta
en su inmensidad... su inmortalidad

Tantos milenios esperados,
por un momento en cien mil eternidades,
es todo lo que podrias darme...
todo es para nosotros inalcanzable...

domingo, 10 de agosto de 2008

Y venía él...

Lo ví venir caminando, esquivando sombras, tanteando el aire con su pluma. De a ratos corría, de a ratos levantaba la vista para cegarse con el Sol y seguir a tientas, solamente para ver como se sentía; de a ratos se agachaba a oler una rosa, a mirar un narciso... y después seguía caminando como siempre, con la mirada perdida y el paso lento.
Lo ví venir caminando dibujando mariposas en caligramas por el aire, lo ví que cantaba y las velas de los barcos los hacían andar... y naufragar...
Lo ví venir caminando a donde yo estaba, porque sabe que mi caminata siempre se adapta a la velocidad de la suya, porque sabe que sus palabras en mí siempre hacen eco, porque sabe que mis oídos están a su disponibilidad en cualquier momento, a cualquier hora, en cualquier lugar, porque sabe que es único...
Lo vi venir caminando despacio, casi sin tocar el piso... mirando sin mirar, viendo poesía en el asfalto, música en las bocinas, cuadros de dalí en los afiches de los paredones.
Venía caminando, porque me buscaba a mí, y yo no estaba ahí parada por casualidad, sino que lo estaba esperando.
Se paró en frente mío, me sonrió y se sacó la galera a modo de saludo. Tomé su brazo y me adapté a su caminata. Y caminé con él, caminé con el Poeta Psicodélico.

viernes, 8 de agosto de 2008

Un millón de dos mil seis ochos de agosto

Ya son dos años si llego. Y estoy harta. Harta de extrañarte cada segundo, harta de llorar sin consuelo por situaciones que nunca tuvieron ni van a tener solución. Hoy son dos mil seis ochos de agosto y lo van a seguir siendo cada año hasta que vuelvas o hasta que me muera, lo que pase primero.
Ayer pensaba que no me estabas ayudando a crecer; hoy me doy cuenta que por tus agostos envejecí dos décadas en dos años. No sé si agradecerte o seguir odiandote en silencio (recordando que el odio es una cara del amor, cuando digo te odio lo que más se adecúa a lo que siento es un te amo interminable, acompañado de caricias y abrazos, los que siempre me pedías).
Tiempo. Todo es cuestión de tiempo. Siempre es cuestión de tiempo. Ya son dos años. Tiempo. Te regalé mis veranos, y eran tiempo también. Te adueñaste de mis inviernos, primaveras y otoños, ¿y acaso no son tiempo? Si todo es cuestión de eso, ¿Por qué, si te lo entregué todo, sigo extrañándote así?
Pasó todo lo posible y fui todo lo que pude ser. Ya no pruebo tu acidez, ya no juego a la rayuela ni creo en tus tobillos de tiza. Elegí el camino fácil: no creo pero caigo voluntariamente en ellos.
Ya no juego con tus manos de atardecer, ni camino junto a tus pantorrillas de sal y tu nariz de lino ya no roza con la mía.
Y ya no beso el botón de nacar de tu cuello.
Ya tus nubes de tormenta no son mi almohada.
Ya no duermo entre tus brazos y espalda ancha.
Y aunque siga encadenada a tus sueños, sé que aunque pasen un millón de dos mil seis ochos de agosto más no vas a volver. No vas a volver y yo te voy a seguir extrañando. Las gaviotas van a seguir viajando pero vos no vas a venir.
La vida va a seguir igual, más o menos buena, mejor; o menos peor pero vos no vas a volver hasta el día que te cruce y teniendo el valor de mirarte a los ojos y sostener la mirada aunque las penas me chorreen por las pestañas, logre que me veas sin máscaras y entiendas por qué. Por qué aunque pasen un millón de dos mil seis ochos de agosto, YO TE VOY A SEGUIR ESPERANDO.

jueves, 7 de agosto de 2008

Miniaturización

La miniaturización de sus sentimientos fue tu culpa. Su ceguera, su ensimismamiento, y su repentina frialdad. La congelaste por dos siglos en una noche, la encadenaste a la añoranza eterna en un segundo.
Su angustia sabe a verano por tu descuido, por tu falta de caballerosidad, por pensar que podías deshacerte de un alma que te era devota en un suspiro, porque pensaste que ella podía olvidarse de todo, porque creíste que no se había entregado por completo, porque no viste que tenías entre los dedos su corazón, sus ansias, sus ganas de vivir, su canto, su poesía sus prosas y sus rimas, su memoria, sus recuerdos, su pasado y si quisieras su destino; sus mariposas, sus nubes de colores, sus limoneros dulces. Tenías su libertad, te había regalado lo más precioso que poseía, se había encadenado a tus tobillos de tiza incluso antes de serlo y abrochaba su sobretodo azul con el botón de nacar de tu cuello, que llevaba como una insignia; y no lo viste. Y preferiste irte, y preferiste dejar que cayera la lluvia, pensando que siempre que llovió, paró. Pensaste que alguna vez iba a estar mejor. Esa vez aún no llegó, y ya pasó tanto tiempo...

miércoles, 6 de agosto de 2008

Es por costumbre...

No, no quiero que te apiades. No quiero que vuelvas a buscarme con una sonrisa, no quiero que seas mi amigo. No, no quiero que me hagas saber que estás, no quiero que te preocupes forzosamente por mí, no quiero que seas discreto para no herirme. No quiero que me cuentes tus cosas, no quiero que me pidas amabilidad para con vos. No quiero que finjas que no pasó nada, no quiero que hablemos del tema tampoco. No quiero que me pidas perdón, ni quiero saber si estás arrepentido. Sobre todo preferiría que no me mires a los ojos, sobre todo quisiera pedirte que no me toques, ni respires cerca mío. No sonrías con picardía, ni te sientes con la espalda derecha. No te pares como un dandy, ni te despereces despacio, ni intentes llamar mi atención.
No quiero saber de tus logros, no quiero remediar tus fracasos, no me pidas que te salve en tus apuros: no hace falta pedirlo, lo hago sin que lo sepas. No quiero que pienses en mí, no quiero que te acuerdes de las cosas buenas. No quiero que me eches la culpa de mis errores, ni me digas lo buena que fui. No me digas que sabés que di todo por vos: lo haría de nuevo sin condiciones. No me pidas que ponga lo mejor de mí: No digas que me tenés confianza, porque no puedo decir lo mismo, aunque quisiera, lo que no quiere decir que no me vaya a entregar a vos absolutamente por nada y con seguridad de caerme otra vez. No pienses que me conocés mejor que yo a vos, no me mires buscando saber qué pienso: eso quedó en tus labios.preferirías no enterarte nunca. No me creas si te digo que no me importa, no me creas si te digo que me olvide de todo. Creeme, como antes cuando te diga que no te quiero, porque te amo tanto que no sé lo que es vivir sin amar, y sobre todo no te guies por la apariencias cuando parezca que estoy bien, cuando parezca que no te extraño.
No quiero tu compasión, no quiero tus condolencias.
Solamente quiero que vuelvas, y que te quedes, esta vez indefinidamente.

viernes, 1 de agosto de 2008

El Faro y los Cielos de Cobre

Vos mirás que hacés,

Yo miro cómo hago.

Sabés que abrís cielos de cobre. Podés.

Yo estaba en tu cielo, y bajé.

Te reíste y fulminaste atardeceres

Respiraste y exhalaste poesía

El ruiseñor cantaba odas a desplaceres

Y yo enceguecida con tu monotonía.

Concentrada en tus nubes pardas

Resultó que tus tobillos seguían blancos

Y fueron de nuevo santos

Tus tobillos de carbón, pantorrillas saladas.

Te invito a mi faro, mi amor

Sigue llorando el ruiseñor.

En el palacio el lunes a la mañana.

Arderá bajo tus artimañas.

Tu gracia iluminó guiando los barcos,

Desde el faro liberé tu fuego,

Cual huracán que lleva al delirio. Te ruego,

Ardan los océanos, mas nunca cese tu encanto.

Vos mirás que hacés,

Seis segundos después de bajar del faro.

Me encadeno en tus sueños,

Beso el botón de nacar de tu cuello

Y lloro a gritos tu nombre, al compás del ruiseñor,

Abrazando tus pantorrillas, se desgrana la sal.

De la tiza surge el carbón,

Otra vez, sos lo peor de la ilusión.


FERDINANDA