martes, 16 de diciembre de 2008

Café con Magnolias

Lo invité a tomar café con Magnolias
con la más frívola calma me contestó con toboganes,
soplando impaciente amaneceres por cada historia
lo que vi de su sombra fueron juglares.

¡Estamos prohibidos! Le grito al unicornio
él hoy mira con gruesos lentes algo toscos.
Nos persiguen los hombres de rojo
y con sandías en los ojos nos mira Gregorio.

El capitán toma con su garfio un habano
y hablando de nubes pardas lo posa en mis labios.
Tragando humo rosa le pregunto a donde vamos,
"¡ruiseñores, acordeones, autopistas!", grita el sabio.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Estamos Prohibidos


En la espaciosa claustrofobia de un cuardo pentagónico todo era encierro infinito, tal vez por eso sentía ganas de llorar, el estómago revuelto y una presión en el pecho como de angustia, como de mal presagio, como de expectativa.
No ves el paraguas bordó? No te escondas, no sirve.
Si caminás otra vez por los matorrales cortando cardos con los pies te vas a dar cuenta.
No era tu ruido, no es mi silencio.
Es nuestra osadía, es nuestra insolensia.
Estamos prohibidos.
Yo sigo callada, mientras que vos ya no tenés motivos para hacerlo.
No salgas todavía, que hay peligro.
No ves los paraguas verdes?
No ves los zapatos de gamuza?
No escuchás las sirenas de los bomberos que queman libros?
No los veas, no los escuches,
vas mucho mas allá de eso.
No te calles, no salgas.


Estás prohibido.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

No porque no sea de día, este cielo va a dejar de ser guía, no porque no haya Luna va a dejar de haber luz. Para llenar este cielo se necita más de una estrella, para bordear los valles, para encontrar las ostras, para retener la luz, se necesita saber cómo.
No porque no estés voy a dejarme morir tan fácil. No porque tema encontrarme a mi misma voy a dejar de ser, no porque las utopías se claven bajo las uñas voy a dejar de soñar.
Tu perfume y el carbón alteran mi equilibrio, y no son sólo tus tobillos los que siguen blancos, sino que mis sentidos perciben lo que no quiero aceptar: el carbón de tus pies que la sal de tus pantorrillas no blanquea. Huelo cómo me mentías, Dioniso, y recuerdo cómo te amaba Narciso, mientras seguís siendo la fuerza gravitatoria. Y el dolor de la presión se siente tan bien, que no quiero renunciar, que no quiero enderezarme, que acepto con gusto la condena de quebrarme hasta tocar el piso con la boca, con tal de sentir el roce, y ser dichosa de tener contacto.
Tus manos siguen siendo amaneceres, que acarician otros horizontes, y los versos, como siempre, eternamente obsoletos, que no llegan a tus oídos de parafina, que se topan con el botón de nácar de tu cuello y caen, y se parten, y se deforman, y arman una oda a los valles con ostras escondidas.

martes, 25 de noviembre de 2008

Otro lunes

Tan cierto como irremediable. Otro año más, otro verano de incertudumbres, de soles y sombreros. De sonetos a Dioniso, de versos obsoletos. Ay que este verano se tape la cara, que estos finales se disfracen de invierno que no haya amores claustrofóbicos, que todo se arme de nuevo.
Que este fin sea definitivo, sin anestesia, sin suavidad, o que el retorno sea para siempre, sin botones, sin siluetas, sin llantos salados sin palabras de arrepentimiento.
Que la pared se escriba sola, que los portaretratos no hablen, que las botellas no rueden, que el sol no queme, que no queme...

viernes, 31 de octubre de 2008

Voy a desplegar tus recovecos algodonados, a hundirme en la suavidad de tu planicie, y posar mi cuerpo sobre tu blancura; sentir las caricias aterciopeladas de pies a cabeza, y entregarme a ese sueño tan cotidiano como único, entregarme por completo a ese sentir. Que comience ahora, y que el resto lo dicte el inconsciente.

sábado, 4 de octubre de 2008

Sentado sobre una mazorca multicolor

Entré al baño donde Leo se convulsionaba delante de la pileta mientras escupía sangra a montones, a chorros, a cataratas.
Ella estaba en el cuarto contiguo, sentada en la cama riéndose pavorosamente, sádicamente, desgarradoramente, azucaradamente. El cíclope de margarina leía novelas quijotezcas sentado sobre una mazorca multicolor, ignorando la escena, haciendo oídos sordos a la risa de cuchillos chocando, no haciendo caso de la tos ronca de Leo, no haciendo caso tampoco de mis súplicas, no formando parte de nuestra misma realidad.
Entré al baño donde Leo agonizaba sin decir una palabra, ahogándose con su sangre, y escupiendo trozos de algodón violeta, temblando, sosteniendose a penas, como podía de los bordes de la pileta, con las manos teñidas de carmín, con los ojos sellados de terror. Me acerqué a él con miedo, con impaciencia y con un poco de morbosa curiosidad; lo vi indefenso, lo vi quebrado. Lo vi muriendo. Intenté tocar su espalda para sostenerlo y evitar su caída y, traspasándolo, mi mano chocó con los azulejos verde rojizos de la pared. Mis pies, que esperaban rozar las suyos acabaron tocando los azulejos rojo verdosos también, y Leo seguía temblando. Monté la motocicleta de cartulina y fui al cuarto contiguo, donde la risa lo llenaba todo; todo menos la atención del cíclope. Traté de hanlarle a ella, pero de mi garganta salían cerezas, traté de tocarla, pero lo único que conseguí fue tantear las sábanas arenosas. Repentinamente, estrepitosamente, asombrosamente con toda naturalidad, de su boca comenzaron a salir corcheas que abrazaban una por una un pentagrama de hilos de cobre. Ella se puso de pie, trepó y salió volando parada en los cinco hilos, riendo sin parar, llorando sin sentir.
Escuche un ruido seco, un golpe estruendosamente susurrado. Y silencio, y ni un quejido, y ni un suspiro. Volví al baño donde Leo yacía en el suelo. Leo ya no sangraba, ni se convulsionaba, ni temblaba, ni escupía algodón color uva. Leo tenía los labios celestes y la cabeza partida al medio.
Volví al cuarto y miré al cíclope, que levantó la vista del libro, mirandome fijo con su único ojo, soltó una lágrima, y lo cerró, al tiempo que se desvanecía quedando de él sólo el libro apoyado sobre la mazorca multicolor.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Estas Calles Porteñas (que bello Buenos Aires)

Qué bello Buenos Aires
a tu oído susurro
corcheas desdibujo
en tus ojos y el puerto abre.

Subir a verlo inmortal
tan solemne el general.
Lo sagaz de tu risa,
caminar matinal. Brisa.

Hilos que nos atrapan
aureos se desvanecen
aromas naufragados preguntan,
calles adoquinadas responden.

Tu blues en mi sol
mi espalda de luto
manos de canción,
palabras de gorrión.

Buenos Aires tendió su mano
cual mesa en puerto aún reservada
tras nuestra caminata desapresurada
el paso de Granaderos fue llano.

Las calles porteñas se ensucian
se tiñen de gris, te apuran,
en un banco de Plaza parece, se quiebra,
pero la ninfa te espera,
la ninfa te espera.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Querido Jarvis,


Me bastó con asomarme desde su espalda, para ver detrás de sus anteojos gruesos proyectores de sueños bizarros de un barrio subterráneo cómo él espía realidades robadas transformándolas en angustiantes relatos que omiten toda regla, excepto la del eterno divague.
Es él. Un mesías de gente común, que inventa cuentos para no dormir, para asustar a la abuela hablando de una juventud perdida sin más anhelos que dar un paseo en un auto robado para luego consumir éxtasis y speed antes de entrar a una rave.
Es él, el príncipe de los fracasos magníficos que no se cansa de intentar subir a su faro, mientras sigue buscando vida.
Un exéntrico de una delgadez arrogante y una palidez lunar que se mueve con gracia y cinismo mientras se contorsiona carismáticamente. Una mirada pensativa y penetrante, una voz de ultratumba que narra al oído lo que nadie querría escuchar nunca. Un caballero noble que mira fijo y saca la lengua.
Es la expresión tunante, sus pasos agigantados y la forma de describir la habitación de alguna persona en algún lugar lo que hace que escucharlo sea tan embriagante.
Es la ironía que le corre por las venas y los movimientos bruscos de sus manos lo que hace que verlo sea tan atrapante.
Jarvis... Estimadísimo Jarvis Cocker, hoy es tu cumpleaños número 45. No hay prosa ni poesía que alcance para describirte y homenajearte. Hombre de negro que pintó tardes acrílicas en mis veranos, que borroneó mis mañanas de lunes con matices azulados, que me culpó de mi orgullo en pleno auge de la decadencia, y que me sentó en una mesa sencilla del Bar Italia para hablarme de miedos y días gloriosos.
Este individuo me enseñó a transcribir ironía en poesía, me legó la libertad de la noche y me apañó en lo que el mundo intenta cambiar por considerar defecto. Este hombre que con los años volvió a sus raíces y sigue usando sus lentes gruesos, que siguen proyectando los mismos sueños bizarros de alguna vez en Sheffield, es el mayor exponente de una generación que se olvidó del protocolo y la discreción a la hora de componer, a la hora de decir lo que hay que decir...
El, tan encantador como siniestro, tan simple como misterioso hoy puede sentirse de cuatro décadas y media, y por eso hoy aprovecho la oportunidad de rendirle un merecido homenaje, por ser quien cambió mi modo de escribir, de ver la vida, de escuchar música, y de... ser.

Muy Felices 45 Jarvis, gracias por tanta música, gracias por tanta poesía.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Cartas en Domingo


Ella nunca escribía cartas en domingo, será, tal vez, porque todos los domingos, sin excepción, estaba triste. Los domingos la deprimían, los domingos eran la muerte, y por eso decidía no escribir. Porque también, entre otras cosas, sabía que escribir cartas en domingo era malo para los lunes y para el resto de la semana, pero especialmente para los lunes. Todos los domingos veía la lluvia, aunque el Sol le clavara en los ojos puñales de primavera, la lluvia gris de una mañana, la lluvia helada de una eterna espera, y el gris de esa lluvia que estaba sólo adentro de sus ojos no la dejaba ver más que una distorsión de su segunda realidad: los Domingos. Odiaba profundamente esos días, porque en esos días sus ojos, todos sus ojos se cegaban. Sólo ese día, anulaba sus sentidos, y dejaba de ver. Hacía años que le pasaba eso, pero no sabía exactamente hacía cuanto, ni cuando empezó. Era rutinario: los domingos no podía hacer nada. Si lograba levantarse, tropezando avanzaba unos pasos, a otro lugar de su habitación. De nada le serviría prender su equipo de música porque los domingos tampoco podía oír, así que ese día se reducía a caminar a tientas por su habitación tratando de reconocer lugares comunes que no podía ver ni oír pero que podía sentir.

No podía escribir los domingos porque no tenía ninguna razón para no escribir, (a parte de su ceguera) o quizás porque a quien podría (si pudiera) escribirle prefería hablarle, o no, quizás hablar tampoco fuera lo indicado, y se preguntaba por qué no era muda también los domingos, pero para su desgracia podía hablar, tanto los domingos como los demás día, lo que no podía era controlar sus palabras y a veces hablaba por demás, otras por de menos, y cuando decía algo concreto era muy tarde. Tal vez no era muda porque tenía algo para decir pero no se atrevía.

Tal vez no escribía también porque a quienes sí les escribiría ya no estaban, y sabía que no volverían, y no estaba interesada, o mas bien estaba cansada de escribir sobre ausencias, entonces, si no hay mas que ausencias para escribir, si hay solo grises para ver, si las voces deseadas ya no se escuchaban, si no había un solo pensamiento rescatable, ni nada más por decir; entonces mejor cegarse, mejor sofocar y anular los sentidos.

Un día común, ese día, casi imaginario, tan irreal como imposible, fue diferente porque ella no entendió que estaba siendo guiada por su propio deseo de normalizar su existencia. Salió de su casa envuelta en pensamientos que suponían nada más que un día normal. Salió a la calle pensando en sus amigas, en la pizza con cerveza que a la noche se juntarían, como era costumbre, a comer, en a dónde irían a bailar esa vez e infinidad de planes que tuvieron que posponerse cuando abrió su cartera y comprobó que su celular no tenía batería. Apuró el paso para cumplir con la rutina de trámites, deudas, compras lo antes posible y volver a su casa a concretar los planes pospuestos. Se encontró transitando las calles vacías de una ciudad desierta, de una ciudad que decidió no abrir sus puertas ese día, de una ciudad en la cual la gente prefirió no transitar. Parecía que todos hubiesen trasnochado menos ella, que sin fijarse en eso, continuó caminando a paso rápido envuelta en sus pensamientos. El Sol brillaba, pero no quemaba, solamente iluminaba el paisaje y hacía que las cosas de belleza natural se vieran aún más hermosas. Una explosión primaveral abrió todas las flores ese día, perfumando el ambiente. Ella pensó que no podía ser más perfecto, o quizás en el fondo sabía que sólo de una forma podría serlo pero el efecto fantasioso del día, del Sol y de las flores la hizo no querer entrar en detalles.

En el transcurso de su caminata pasó por una plaza y vio una anciana sentada en uno de los bancos. Escribía, y parecía sentir placer al hacerlo. Las mil arrugas de su cara describían una profunda sabiduría, un entendimiento superior de la vida, un conocimiento extenso del todo que sólo se adquiere con la experiencia de los años, muchos años. Sin darse cuenta, había parado de caminar para observar a la anciana mujer y se había detenido a ver el cielo, a oler las flores, permitiéndose entrar en esa atmósfera silenciosa. La mujer miraba alrededor mientras escribía, como captando imágenes con la vista y volcándolas al papel, caminó hacia ella y se sentó a su lado, observándola. Recién luego de unos 5 minutos de silencio se animó a preguntarle qué escribía. La anciana le respondió, sin apartar la vista de algún lugar perdido en el horizonte que escribía una carta, que casi todos los días escribía una o varias que a veces no tenían un destinatario explícito pero que le gustaba contar lo que veía, lo que sentía y lo que vivía, no importaba su estado de ánimo, ella siempre se permitía volcar sus sentimientos en un papel. Su interlocutora la miraba atentamente con cada vez más curiosidad, y le contó: por primera vez, logró ver en ese desconocido el cofre donde guardar su secreto, su aflicción. Le contó que a ella también le gustaba escribir, sobre todo cartas a nadie, o a ausentes, y que solía escribir, casi siempre, excepto los domingos. Que esos días se reducían a nada, a grises, a ceguera, sordera y anosmia constante, que los domingos, aunque quisiera, no podría escribir, no podría vivir normalmente.

La anciana, con una ínfima sonrisa le contó, sin que se lo pregunte pero sin aburrir, cosas sobre su vida que a ella también le pasaban, le habló sobre las cosas que siempre creyó casualidades. Le habló casi como si la conociera de toda la vida, y por qué no de otras vidas anteriores, sobre cómo si se ocultan o se esquivan sentimientos bajo una máscara de aparente impunidad, se acostumbra a mirar siempre hacia fuera y no hacia adentro, enfermándose, y para que las cosas salgan bien debía estar bien, y que no debía esconder lo que sentía, que debía permitirse estar bien y mal, y luchar contra todo lo que se le oponga. Ella, sorprendida ante tanta sabiduría, con un torbellino de sensaciones nuevas, sintió unas inexplicables ganas de gritar que ella podía contra todo, pero el recuerdo de un domingo, y los recuerdos secundarios que eso implicaba, la hacían contenerse, y explicarle a la mujer que, aunque le daba la razón en su totalidad, no podía evitar lo que le pasaba los domingos, no podía evitar que esos días fueran nefastos, que no era voluntario, ni controlable. Pero también le confesó que había despertado en ella un hondo deseo de escribir una larguísima carta a nadie y a todo el mundo gritando que creía poder contra todo, y que ese mismo día, cuando llegara a su casa y luego de llamar a sus amigas para arreglar la salida de la noche lo haría. La anciana sonrió casi con picardía y asintió, diciéndole que se alegraba de que por fin haya decidido estabilizar su existencia. Ella no entendió, pero agradeció y, olvidando trámites y compras se fue a su casa. Cuando llegó tenía un mensaje en el contestador, el número era de una de sus amigas y, al escucharlo, oyó lo que, en el fondo de su alma quería oír:

“Hola, ¿Qué te pasó anoche que no viniste a comer pizza como siempre? Te llamamos al celular pero estaba apagado. Ya sé que hoy es Domingo y esos días no respondés, pero quería saber si estabas bien. Cuando puedas llamame.”


sábado, 13 de septiembre de 2008




Un año después de marchitarse todas las rosas... esperaría todavía encontrarte paseando por el jardín.
Un año después de ver las violetas caídas sobre el pasto, tuve que volver a agacharme hasta el suelo para estar más cerca tuyo, para sentir aunque sea que abajo de los escombros había parte de eso que alguna vez fue vida, que alguna vez me quiso, que ahora no es nada, que no está en ninguna parte y que ni siquiera se adorna... de algo.
Corrió por un campo de amapolas retando a las nubes de tormenta que amenazaban con fulminarla en medio de su carrera. Corrió creyendose inmortal, impune a todo por lo que peligramos. Sabiendo que alguien la cuidaba, sabiendo que nada podía pasarle si ella estaba ahí.
Pero nadie pudo cuidarla de la muerte.
Y siguio corriendo hasta casi llegar al otro lado.
Pero se soltó la tormenta eléctrica, y quién puede culparla por desear vivir?
Ahora ya pasó un año y ya no se ven las violetas, ya no adorno tu lecho con fresias amarillas que creo narcisos, ya no busco encontrarte en lugares comunes porque asumí que no estás, y entendí lo que significa NUNCA MÁS. Entendí que es inminente que el tiempo actue corrosivamente en nosotros, que ahora sos solamente una foto en mi escritorio y otra en mi mesa de luz, una carpeta en mi computadora, unas cuantas fotos reveladas hace mucho, una correa azul en desuso, y un cuento de alguien con una belleza tan perfecta que daba miedo, y que alguna vez existió pero que ya no, que ya no está mas.
Sin embargo no aprendí a no extrañarte, no aprendí a no llorar cada vez que me acuerdo de ese día de septiembre que dejaste de pestanear, que dejaste de alumbrar, que dejé de sentir.
Y me preguntan cuando vamos a ir a buscarte para traerte de vuelta, me preguntan por qué lloraba cuando te fuiste, me preguntan por qué dicen que estás en el cielo, me preguntan por qué te moriste, y me preguntan tantas cosas que no puedo ni quiero responder; y me pregunto yo, casi con terror, si, aunque no lo crea en absoluto, estarás en algún lado...

lunes, 1 de septiembre de 2008

Violetas

Anoche volví a acariciarte... volví a sentirte cerca, y las ilusiones que al despertar se rompieron, como ya es costumbre me llevaron a imaginar, cómo sería si todavía siguieras acá.
Ayer fui a verte y estabas cubierta de violetas. Increíble como suena, ahí estabas, con un manto alilado cubriéndote de pies a cabeza... Corriendo como siempre, mirándome con toda tu picardía, casi riéndote de haberme vuelto a engañar. No podía explicar de dónde habían salido tantas violetas, pero instantáneamente razoné -ay si, te juro que lo razoné, la irracionabilidad también es razonable en cierto punto donde los límites se mezclan, espero no hayas llegado a eso.- Bueno, si, razoné que era perfectamente normal que las violetas cayeran del cielo y te cubrieran, y cubrieran el piso, y mis pies, y taparan a las demás flores haciéndolas parecer molinos de papel sin decorar. Era perfectamente normal y razonable que te encontraras ahí, ¿por qué no? Al fin y al cabo es tu casa también. Perdón pero a veces me olvido, es que una ausencia tan prolongada te hace olvidar ciertas cosas (no, no me creas, no es así), tendría que darte vergüenza haberte ausentado tanto tiempo. Es mucho tiempo aunque no parezca, pero claro, claro, la eternidad no calcula el tiempo, me olvidaba.
A medida que mas razonaba la situación más violetas aparecían, y me di cuenta que vos las hacías caer, la muerte puede volver rebelde a lo más inerte. ¡Las hacías caer, mujer! ¿Por qué? De a poco las violetas iban llenando el espacio, la lluvia alilada se hacía más y más espesa, y se me hacía difícil verte... ver. Pero te seguías burlando con tu mirada desafiante, la misma que hace imposible que me enoje con vos, te estabas burlando de que no pueda verte, ¿Te parece gracioso? Hace casi 3 meses, a mí no me causa gracia. Como sea las violetas seguían cayendo, vaya a saber de dónde. Nubes no había, y que yo sepa no crecen en árboles, que yo sepa no caen del cielo, hasta donde yo sabía no tenías tanto poder, pero quizás era la influencia plena, total y absoluta que tenías sobre mi, que afectaba ahora mis capacidades mentales ¡Y podía ver las violetas!
De a una, de a dos, de a tres, de a mil, ya no las podía contar, porque llenaban el suelo, imposible dar un paso sin pisar una violeta, y hasta me daba pena hacerlo, solamente por saber que eran obra tuya, sería como pisarte a vos, y me daba tanta pena como miedo, por eso es que decidí quedarme quieta viéndote correr decorada de vida, decorada; dije bien, solamente decorada. Pero yo me reía también. Había olvidado todo lo que me hiciste llorar, todo lo que tu ausencia provocó, había olvidado cuán enojada estaba con vos para disfrutar el sólo hecho de verte feliz. Feliz, corriendo, saltando, disfrutando del sol, que tanto te gustaba, estirando las piernas (¿Es muy incómodo estar en un espacio de un metro cuadrado, no?), te gustaba mirarme viéndote, porque sabías que estaba enamorada de tu gracia, sabías que siempre envidié tu perfección, que siempre te amé por sobre todas las cosas, por sobre todas las personas, que siempre te defendí hasta del viento que intentaba despeinarte, que siempre antepuse tu vida a la mía, hasta que un día algo decidió que mi vida no valía nada, que era mejor dejármela un rato mas. Y las violetas caían. Ya casi no podía verte, pero como la ausencia me tiene acostumbrada, no intenté hacer nada para impedir perderte de vista. El aroma de las violetas empezaba a marearme, y ya no te veía, había tantas, tantas, tantas violetas que ya lo irracionalmente razonable se volvió irracional, había tantas, tantas tantas violetas, que de golpe se volvieron flores lilas que caían del jacarandá, y tu gracia, tu sonrisa picara, tu andar, y tu magia se volvieron nada mas que una tumba decorada de vida. Si, dije bien, solamente decorada.

FERDINANDA

viernes, 29 de agosto de 2008

Si fuera así cotidianamente por el resto de mi vida, sería igual de hermoso que en ese instante; sin embargo vuelve a ser todo tan como siempre, sin embargo, no puedo.
No puedo, y lo hago.

El que construye castillos etílicos

Camina sobre nubes plomizas que destacan su gracia, y bajo pastos multicolores que iluminan su psicodelia. Camina pensando que no es nadie, camina ignorando su porvenir de tambores aterciopelados y curvas peligrosas. Camina y se conforma con una ninfa como musa, y ella, ilusa, supone poder ser algo más, supone poder alcanzarlo.
Él respira algodón de margarina y sopla purpurina al hablar. Y camina avasallando selvas a su paso, iluminando sombras con cada palabra, sin siquiera sospechar su grandeza. Y la estúpida ninfa lo sigue de atrás, para mostrar su más espléndida sonrisa en caso de que él se de vuelta a contemplarla.
Pasos, aromas, vapores, llanto.
Pasos, sonrisas, puñales, llanto.
Pasos, vaivenes, puertas, murallas.
Otra vez llanto. Y más pasos, y más puertas, y juglares.

Cadenas, hilos y cordones sujetan el corazón de la ninfa, que oscila entre seguir ninfa o volverse ménade. Entre Dioniso y Apolo está él. Y la ninfa lo sigue despacio por la arena, con su corazón colgando del cuello y con un clavo tatuado en el tobillo.
Él derribaba imperios que encontraba desde su doble catalejo, con una sonrisa tunante y los ojos de un águila errante.
Y espera el momento de proclamarse rey, sobre un trono de hojas primaverales y una corona de uvas.
Cuando se cansó de caminar, y quiso saber qué había conseguido; tuvo al mundo a sus pies para hablarle acerca de su millón y medio de virtudes, pero él sólo quiso sentarse a hablar con la ninfa, que seguía sus pasos de estalacmita y lo escuchaba sin interrumpirolo con alabanzas, recordandole, paradojicamente, su único defecto: el saber olvidar.

sábado, 23 de agosto de 2008

Licor de Menta

Y mientras esperaba calmarse, acostada en su cama, sintió la inesperada y desesperada necesidad de fumar. Enroscada en sus sábanas, con poca ropa, como esperando lo que no llegaría, sentía como todo daba vueltas, esa mezcla calamitosa del calor, la música fuerte, el cansancio y el ventilador que le producía una sensación de náuseas, de vértigo, de humedad y de oler a mar; si, sentía ese olor propio del puerto por la mañana temprano cuando los pescadores llegan a vender a la gente lo que durante la madrugada recolectaron. Olor a casi vida marina.

Con dificultad se enderezó, se puso de pie, temblándole los tobillos y caminó trastabillando hasta la repisa de donde extrajo muy cuidadosamente (no vaya a ser que su patético estado le haga romper cosas), una botella casi intacta de licor de menta; sacó un vaso de los altos del mismo lugar y lo llenó. Casi le daba pena ver cómo la botella perdía contenido, pero la pena moría reemplazada por el placer de sentir ese frío, ese aire helado (como de mar por la noche) bajándole por la garganta. Era mágico, era oler otra vez el puerto, los pescadores, escuchar el sonido del agua; y algo moviéndose lentamente, avanzando, arrastrándose mar afuera.

Dejó el vaso sobre la repisa de nuevo, la botella del fino licor irlandés seguía ahí, medio vacía, medio llena, cerrada pero medio destapada. Pensando sin saber qué hora era que faltaba poco para que él llegara, volvió a la cama, se tapó hasta la cintura y buscó en el cajón de su mesa de luz el paquete intacto de habanos cubanos que una vez un amigo le había regalado; sacó uno del envoltorio: olía a tierra, no a mar, lo encendió y comenzó a fumarlo lentamente, disfrutando de cada bocanada de aire con humo que exhalaba. Fumaba despacio pero con impaciencia, esperando, siempre esperándolo. Le pareció escuchar el ruido de las olas otra vez y, mucho más real, el sonido de la espuma y de gotas cayendo de a poco, de a una, constantemente. Levantó la vista revisando el techo en busca de una gotera hasta hallarla. Una delgada línea de agua caía desde arriba como una minúscula estalactita en el medio de su cuarto, y la espuma en el charco que se formaba en el suelo: seguramente el mar estaba revuelto otra vez sobre su casa, seguramente Poseidón querría venir a visitarla. Pero ella lo esperaba solamente a Él. Secó el charco del suelo y colocó, a falta de otra cosa, el vaso largo con restos de licor de menta para que retuviera el agua que goteaba.

Sacó otro vaso de la repisa y lo llenó hasta la mitad, o menos, con el mismo licor que le causaba la fresca sensación marina en la garganta. Volvió a la cama y prendió, temblando, el segundo habano. Temblaba porque el desenlace era inminente, él estaba a punto de llegar.

Un lapso corto de tiempo transcurrió, el necesario para terminar su habano y comenzó a escuchar sus pasos en la escalera. Había llegado. Ella comenzó a imaginarlo subiendo, mientras oía su respiración, y la espuma que lo acompañaba. Cuando llegó al fin a su cuarto lo vio, tal como lo recordaba, en esa perfección marina la contemplaba, sus cinco hermosos ojos verdosos se fijaban solamente en ella, que lo esperaba enroscada entre las sábanas, mirándolo provocativamente, seduciéndolo. Él se acercó a ella, que comenzó a acariciar su suave, escamosa y brillante piel azulada con reflejos tornasol mientras dejaba que él desplegara todos sus tentáculos que la apresaban, la enroscaban, la apretaban. Ella había previsto ese inevitable desenlace y finalmente se rindió, entregándose a él, besando sus tres labios plateados, fríos y duros dejando que sus tentáculos la envolvieran, se adentraran en ella, se movieran lentamente, avanzando, arrastrándola mar adentro.

El último Deseo

Era una noche fría de invierno, la lluvia caía con una furia similar a millones de balas que se disparan sin cesar. Dentro de esa casa de altas paredes y frías habitaciones iluminadas por candelabros que dejaban casi ocultos en las penumbras a retratos, muebles y adornos de fina estampa; ahí dentro, sobre su cómoda y extensa cama estaba él. Sentado, con las lujosas sabanas de seda hasta su cintura; con su pipa prendida y despidiendo el humo que pasaba por delante de sus anteojos antes de esfumarse sobre su cabeza. Estaba leyendo su libro favorito, estaba leyendo el libro que lo hacía sentirse niño otra vez, estaba leyendo “Alicia en el País de las Maravillas”. Mientras leía, de repente sintió sedientas ganas de escuchar algo de música, lo que lo llevó a levantarse de su cama…o mejor dicho, bajarse…colocarse las pantuflas y caminar hacia los límites de la débil luz. Buscó en uno de sus muebles el disco que deseaba escuchar. Lo encontró y lo colocó en el añejo tocadiscos. “Vinos, mujeres y canto” comenzó a sonar. Strauss lentamente fue ocupando toda la casa, cada rincón; se hacía eco en la oscuridad y las penumbras. Que hermosa melodía para acompañar, irónica y cruelmente, a la soledad. Que hermosa melodía para bailar con las sombras de una habitación vacía. Regresó a su lecho, a su comodidad y al placer de su pipa. Sus ojos recorrían las palabras del libro; la historia lo hacía adentrarse en su alma, movía sus sensaciones; la música de fondo -¡Strauss! ¡Oh Strauss! - elevaba sus pasiones al infinito, hacía derramar emoción de sus dedos, sus manos, su cuerpo. Lentamente, dejándose llevar por la melodía que cazaban sus oídos y por la fantasía que devoraban sus ojos, comenzó a entrar en una especie de transe. Sobre sus piernas, allí, sobre su cama y sus sábanas, los personajes de aquel cuento; Alicia, el conejo blanco, el sombrero, el gato, todos ellos danzaban al compás del vals. Lo miraron, él sin entender pero sin querer hacerlo, respondió con un gesto de reverencia. Estos alegres personajes estaban ahora bailando todos en su habitación; de las sombras aparecían las cartas formadas en hilera, el huevo sentado al borde de su cama ¡Que hermosos espectáculo! Contagiado de tanta euforia y alegría se levantó para participar, para ser uno más, para poder palpar su propia fantasía; la pasión al límite, los sentimientos hechos un torbellino, la emoción a punto de estallar, todo dentro suyo. Dio un salto de su cama para caer en el centro de su habitación. Pero… pero la canción llegó a su fin… todos desaparecieron. Y el vacío. Corrió desesperado a darle comienzo nuevamente a Strauss. “¡Toquen de nuevo! ¡Toquen de nuevo!” gritaba desesperado mientras sus manos temblorosas intentaban colocar la púa en su lugar. La perfecta melodía, el embriagante sonido de los instrumentos comenzó de nuevo… pero la habitación continuaba solitaria. La desolación. Sus rodillas hicieron un estruendo similar al de un trueno cuando chocaron contra el suelo, su resignación y tristeza hicieron aún más lúgubre al lugar. Ni las sombras, ni el mismo silencio podían soportar tan desdichado momento. Repentinamente, una luz incandescente iluminó el lugar. Levantó su cabeza y vio que provenía del ventanal ubicado detrás del respaldo de su cama. Al otro lado, la lluvia se convertía en cristal, en cristales que colgaban de lujosas y hermosas arañas de techo. Se puso de pie para acercarse a observar. Cuando colocó su cara contra el vidrio, sus ojos vieron el espectáculo que jamás imaginaron podían siquiera imaginar. Allí, al otro lado del ventanal, la gran fiesta continuaba. Todos los personajes, todos ellos, que un instante antes del presente, danzaron en su habitación, todo ellos, volvían a danzar al ritmo del vals; todos ellos vestidos de gala, maquillados de alegría, enfermos de euforia. Volvió a mirar hacia abajo, para notar que se encontraba ahora sobre la alfombra multicolor. Sobre la alfombra donde la fiesta desplegaba su esplendor. Comenzó a caminar hacia el centro de la pista con todas las miradas sobre él. Los aplausos lo aturdían, aturdían al invitado de honor. Alicia se acercó para compartir la pieza, para tener el placer de darle placer. Pero el tiempo pasaba y el placer se tornó agobiante, la pieza, infinita. La fiesta, interminable… la desazón. “¡¿Acaso nadie se cansa?!” gritó, pero nadie lo escuchó, todos seguían festejando como si recién se diera comienzo a la gala. Pasaron las horas y seguían allí. Sus pies no resistían ni un segundo más de baile, quería detenerse, pero siempre algún personaje se lo impedía, lo llevaba al centro de la pista a continuar con la danza. Su rostro había perdido la marca de la alegría, la fiesta se convirtió así en una tortura. ¡Ya es demasiado! ¡Oh por favor! Se arrodilló, sus piernas muertas de cansancio, sus oídos aturdidos de fervor, sus ojos embriagados de brillo. No pudo hacer nada más que cubrirse la cara con las manos y echarse a llorar. Quería que todo eso acabe. Levantó la cabeza y su mirada encontró el ventanal, y al otro lado su habitación, donde quería regresar. Se acercó caminando sobre sus rodillas con las pocas fuerzas que le quedaban para soportar. Se asomó al vidrio, apoyó su rostro en el frío cristal y… ¡Oh! ¡Oh que horrible imagen presenciaron sus ojos! ¡La desesperación, las lágrimas, el sudor! ¡¿Qué está pasando?! Dentro de su habitación, al otro lado del ventanal, estaba él. Justo en el centro, tambaleándose al ritmo de Strauss que aún sonaba, aún con el libro abierto, aún con la pipa encendida; aún tambaleándose sobre el suelo con una soga en su cuello.


Autor: El Marquez

Carta a Ella

Se muy bien que la cosmogonia, no esta de acuerdo con que nuestas estrellas paseen juntas por el jardin de los astros. Tambien se muy bien que tu rayuela no tiene un cielo para mi. Se muy bien que cada vez que se pronuncia mi nombre tus duendes chillan de dolor y tus magnolias se paralizan en el viento.
El tiempo pasa y a veces siento que te tengo tan cerca como lejos, tan extraña como conocida. Te aprecio muchisimo sin siquiera saber tu nombre, y aun asi mis pasos no son tan veloces como los tuyos. Me lastima pensar qeu no te das cuenta lo mucho que te necesito, cada vez que camino mis pasos cantan tu nombre. Cada vez qeu grito mi garganta supura tus ojos. Cada vez que lloro mis lagrimas solo dicen tu nombre...tu nombre..Tu nombre...una y otra vez. Y vos seguis asi, jugando, saltando, riendo, ajena a mi desidia.Crees que con chupetines endulzas al gigante, pero solo lo haces un poco mas vicioso de aquel sabor que tienen tus besos, Tus abrazos en la lluvia...
Mis manos de nicotina, tus lienzos de tiza, tu piano de piernas, mi guitarra de versos. Me soplaste cientos de canciones al oido, aun cuando tus labios lejos estaban. Tu antigua camisa se desabrocho sola ante mis ojos, alguna noche en que las velas eran cortinas. Pero ya no...ya no estan se han ido. Junto a aquel aroma a tierra mojada...cuanto lo extraño...no te das una idea...


Autor: El Poeta Psicodélico, el que ve poesía en el asfalto, o más sencillamente, Fede.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Plaza San Martín




Había viento, se me voló la bufanda. Me agaché a levantarla y seguí caminando. Tenía que llegar al otro lado de la plaza a las seis. Apuré el paso, no quería volver a llegar tarde porque sabía que ella se enojaría otra vez.
La avenida Mitre era más larga de lo que pensaba, y la Plaza San Martín, ubicada a unas diez cuadras de donde yo había partido, el bar de siempre (el bar de cafés por la tarde, el que guarda en las páginas de su historia las batallas de un conquistador, entre vinos y cognac con amigos, el bar que unifica todas las épocas, si, el Bar San Martín) parecía estar del otro lado del mundo.
Agitado, con la bufanda enredada y la nariz roja por el viento y el frío, llegué. La plaza ocupaba tres manzanas, con todos sus robles, sus ceibos y sus plátanos, con sus bancos, sus senderos, sus carruajes, granaderos marchando a paso firme y sus violetas en los canteros centrales más un pequeño lago artificial en un costado en cuya orilla dormía un narciso, que se vanagloriaba con su reflejo en el agua.
Y la estatua.
En el centro de la plaza, alta, firme, solemne la estatua del General Don José de San Martín. Eran casi las seis, y todavía me faltaba cruzar media plaza, pero la estatua del General merecía unos instantes de respeto. Tan perfecto se lo veía en su caballo, juraría que las medallas que colgaban de su uniforme brillaban como si no fuesen de yeso.
¿Qué sentiría San Martín si se viera a sí mismo en una estatua? ¿Cómo sería poder decir “soy yo, el grande, el que liberó a tantos países americanos”? Tantos recuerdos, tantas batallas, pareciera que podía sentir la nariz fría y colorada por la nieve de la Cordillera. Los pulmones fallan y queda tanto por andar. Ella me espera, tengo que apurarme o se va a enojar conmigo. Siempre dice que no paso bastante tiempo con ella.
Tengo que apurarme, pero sigo inmóvil mirando hacia abajo, viendo a aquel hombre de sobretodo y bufanda gris que me mira. Me mira porque soy el Libertador, me mira y Lugo sigue caminando para cruzar al otro lado intentando apurar el paso. Yo debo apurarme, ella me espera, Remedios sigue esperando.

FERDINANDA

martes, 12 de agosto de 2008

Noche de ópera

Sentose al borde del abismo
tratando de tomar una desición:
si saltar y aceptar los golpes del conformismo
o seguir sentado, tragando el veneno de la desilusión.

Sentose de nuevo en primera fila
para ser el primero al subir el telón
que vea una escenografía montada en mofina
de una obra con él como único actor.

sus manos anciosas de empezar los aplausos
ni bien terminara la función
quería saber si había alguien
que aunque fuese él mismo aplaudiera su acción.

Levantóse despacio dando la vuelta
de espaldas al escenario, a la actuación
caminó sin voltear buscando alguna puerta
para salir sin ver el final de su ilusión.

lunes, 11 de agosto de 2008

Un momento en cien mil eternidades

Otra vez la luna salio a contemplar,
para volver a verla inalcanzable,
salio a buscarla para preguntarle...
si alguna vez quisiera bajar...

Otra vez quiso hundirse en el mar...
otra vez, para probar el gusto de su sal,
otra vez, un dia dejo pasar...
para en la noche intentar andar...

La Luna jamas ha querido bajar...
la Luna sigue inmune, perfecta
en su inmensidad... su inmortalidad

Tantos milenios esperados,
por un momento en cien mil eternidades,
es todo lo que podrias darme...
todo es para nosotros inalcanzable...

domingo, 10 de agosto de 2008

Y venía él...

Lo ví venir caminando, esquivando sombras, tanteando el aire con su pluma. De a ratos corría, de a ratos levantaba la vista para cegarse con el Sol y seguir a tientas, solamente para ver como se sentía; de a ratos se agachaba a oler una rosa, a mirar un narciso... y después seguía caminando como siempre, con la mirada perdida y el paso lento.
Lo ví venir caminando dibujando mariposas en caligramas por el aire, lo ví que cantaba y las velas de los barcos los hacían andar... y naufragar...
Lo ví venir caminando a donde yo estaba, porque sabe que mi caminata siempre se adapta a la velocidad de la suya, porque sabe que sus palabras en mí siempre hacen eco, porque sabe que mis oídos están a su disponibilidad en cualquier momento, a cualquier hora, en cualquier lugar, porque sabe que es único...
Lo vi venir caminando despacio, casi sin tocar el piso... mirando sin mirar, viendo poesía en el asfalto, música en las bocinas, cuadros de dalí en los afiches de los paredones.
Venía caminando, porque me buscaba a mí, y yo no estaba ahí parada por casualidad, sino que lo estaba esperando.
Se paró en frente mío, me sonrió y se sacó la galera a modo de saludo. Tomé su brazo y me adapté a su caminata. Y caminé con él, caminé con el Poeta Psicodélico.

viernes, 8 de agosto de 2008

Un millón de dos mil seis ochos de agosto

Ya son dos años si llego. Y estoy harta. Harta de extrañarte cada segundo, harta de llorar sin consuelo por situaciones que nunca tuvieron ni van a tener solución. Hoy son dos mil seis ochos de agosto y lo van a seguir siendo cada año hasta que vuelvas o hasta que me muera, lo que pase primero.
Ayer pensaba que no me estabas ayudando a crecer; hoy me doy cuenta que por tus agostos envejecí dos décadas en dos años. No sé si agradecerte o seguir odiandote en silencio (recordando que el odio es una cara del amor, cuando digo te odio lo que más se adecúa a lo que siento es un te amo interminable, acompañado de caricias y abrazos, los que siempre me pedías).
Tiempo. Todo es cuestión de tiempo. Siempre es cuestión de tiempo. Ya son dos años. Tiempo. Te regalé mis veranos, y eran tiempo también. Te adueñaste de mis inviernos, primaveras y otoños, ¿y acaso no son tiempo? Si todo es cuestión de eso, ¿Por qué, si te lo entregué todo, sigo extrañándote así?
Pasó todo lo posible y fui todo lo que pude ser. Ya no pruebo tu acidez, ya no juego a la rayuela ni creo en tus tobillos de tiza. Elegí el camino fácil: no creo pero caigo voluntariamente en ellos.
Ya no juego con tus manos de atardecer, ni camino junto a tus pantorrillas de sal y tu nariz de lino ya no roza con la mía.
Y ya no beso el botón de nacar de tu cuello.
Ya tus nubes de tormenta no son mi almohada.
Ya no duermo entre tus brazos y espalda ancha.
Y aunque siga encadenada a tus sueños, sé que aunque pasen un millón de dos mil seis ochos de agosto más no vas a volver. No vas a volver y yo te voy a seguir extrañando. Las gaviotas van a seguir viajando pero vos no vas a venir.
La vida va a seguir igual, más o menos buena, mejor; o menos peor pero vos no vas a volver hasta el día que te cruce y teniendo el valor de mirarte a los ojos y sostener la mirada aunque las penas me chorreen por las pestañas, logre que me veas sin máscaras y entiendas por qué. Por qué aunque pasen un millón de dos mil seis ochos de agosto, YO TE VOY A SEGUIR ESPERANDO.

jueves, 7 de agosto de 2008

Miniaturización

La miniaturización de sus sentimientos fue tu culpa. Su ceguera, su ensimismamiento, y su repentina frialdad. La congelaste por dos siglos en una noche, la encadenaste a la añoranza eterna en un segundo.
Su angustia sabe a verano por tu descuido, por tu falta de caballerosidad, por pensar que podías deshacerte de un alma que te era devota en un suspiro, porque pensaste que ella podía olvidarse de todo, porque creíste que no se había entregado por completo, porque no viste que tenías entre los dedos su corazón, sus ansias, sus ganas de vivir, su canto, su poesía sus prosas y sus rimas, su memoria, sus recuerdos, su pasado y si quisieras su destino; sus mariposas, sus nubes de colores, sus limoneros dulces. Tenías su libertad, te había regalado lo más precioso que poseía, se había encadenado a tus tobillos de tiza incluso antes de serlo y abrochaba su sobretodo azul con el botón de nacar de tu cuello, que llevaba como una insignia; y no lo viste. Y preferiste irte, y preferiste dejar que cayera la lluvia, pensando que siempre que llovió, paró. Pensaste que alguna vez iba a estar mejor. Esa vez aún no llegó, y ya pasó tanto tiempo...

miércoles, 6 de agosto de 2008

Es por costumbre...

No, no quiero que te apiades. No quiero que vuelvas a buscarme con una sonrisa, no quiero que seas mi amigo. No, no quiero que me hagas saber que estás, no quiero que te preocupes forzosamente por mí, no quiero que seas discreto para no herirme. No quiero que me cuentes tus cosas, no quiero que me pidas amabilidad para con vos. No quiero que finjas que no pasó nada, no quiero que hablemos del tema tampoco. No quiero que me pidas perdón, ni quiero saber si estás arrepentido. Sobre todo preferiría que no me mires a los ojos, sobre todo quisiera pedirte que no me toques, ni respires cerca mío. No sonrías con picardía, ni te sientes con la espalda derecha. No te pares como un dandy, ni te despereces despacio, ni intentes llamar mi atención.
No quiero saber de tus logros, no quiero remediar tus fracasos, no me pidas que te salve en tus apuros: no hace falta pedirlo, lo hago sin que lo sepas. No quiero que pienses en mí, no quiero que te acuerdes de las cosas buenas. No quiero que me eches la culpa de mis errores, ni me digas lo buena que fui. No me digas que sabés que di todo por vos: lo haría de nuevo sin condiciones. No me pidas que ponga lo mejor de mí: No digas que me tenés confianza, porque no puedo decir lo mismo, aunque quisiera, lo que no quiere decir que no me vaya a entregar a vos absolutamente por nada y con seguridad de caerme otra vez. No pienses que me conocés mejor que yo a vos, no me mires buscando saber qué pienso: eso quedó en tus labios.preferirías no enterarte nunca. No me creas si te digo que no me importa, no me creas si te digo que me olvide de todo. Creeme, como antes cuando te diga que no te quiero, porque te amo tanto que no sé lo que es vivir sin amar, y sobre todo no te guies por la apariencias cuando parezca que estoy bien, cuando parezca que no te extraño.
No quiero tu compasión, no quiero tus condolencias.
Solamente quiero que vuelvas, y que te quedes, esta vez indefinidamente.

viernes, 1 de agosto de 2008

El Faro y los Cielos de Cobre

Vos mirás que hacés,

Yo miro cómo hago.

Sabés que abrís cielos de cobre. Podés.

Yo estaba en tu cielo, y bajé.

Te reíste y fulminaste atardeceres

Respiraste y exhalaste poesía

El ruiseñor cantaba odas a desplaceres

Y yo enceguecida con tu monotonía.

Concentrada en tus nubes pardas

Resultó que tus tobillos seguían blancos

Y fueron de nuevo santos

Tus tobillos de carbón, pantorrillas saladas.

Te invito a mi faro, mi amor

Sigue llorando el ruiseñor.

En el palacio el lunes a la mañana.

Arderá bajo tus artimañas.

Tu gracia iluminó guiando los barcos,

Desde el faro liberé tu fuego,

Cual huracán que lleva al delirio. Te ruego,

Ardan los océanos, mas nunca cese tu encanto.

Vos mirás que hacés,

Seis segundos después de bajar del faro.

Me encadeno en tus sueños,

Beso el botón de nacar de tu cuello

Y lloro a gritos tu nombre, al compás del ruiseñor,

Abrazando tus pantorrillas, se desgrana la sal.

De la tiza surge el carbón,

Otra vez, sos lo peor de la ilusión.


FERDINANDA